Una representación de Eric Catona, del Manchester United cuando dio una patada a un neonazi que lo insultó. Ilustración generada con Inteligencia Artificial.

En el Manchester United, el número 7 pesa más que otros. Lo usó Best. Lo usó Beckham. Lo usó Cristiano Ronaldo. Antes que todos ellos llegó un francés de Marsella. Llegó con el cuello de la camiseta levantado, la mirada perdida en algún lugar que solo él conocía. En cinco años le devolvió la grandeza a un club que llevaba 26 años sin ganar la liga.

Se llamaba Éric Cantona. Le decían “The King”. El Rey.

I. Un poeta de la cancha. Veía pases donde los demás veían paredes. Controlaba el balón como si fuera de terciopelo. Medía 1.88, pesaba 88 kilos, y cuando corría parecía que el césped fuera suyo.

Llegó al United en 1992. Ese año nacía la Premier League. El fútbol inglés, el de los obreros y las tribunas de pie, se estaba convirtiendo en un negocio global. El dinero entraba a chorros. En medio de esa tormenta, los equipos grandes se desesperaban por encontrar al hombre que los hiciera campeones.

Ferguson estaba contra las cuerdas. Pagó 1.2 millones de libras por él. Una ganga. En cinco años, Cantona ganó cuatro Premier Leagues y dos FA Cups. Fue el catalizador que despertó a un gigante dormido.

Cantona también era pintor, fotógrafo, actor. Podía pasarse la tarde leyendo a Pasolini y al día siguiente salir a la cancha a romperle la vida a un defensa. Su abuelo era catalán, exiliado tras la Guerra Civil, albañil de día y pintor de noche. Su padre era enfermero psiquiátrico y también pintaba. El arte le venía en la sangre.

II. 25 de enero de 1995. Selhurst Park, Londres. Crystal Palace contra Manchester United. El partido iba 1-1. Cantona falló un penal. En el camino de vuelta al banquillo, un tipo sentado en las gradas empezó a gritarle insultos racistas.

Cantona se detuvo. Lo miró. Algo se rompió dentro de él. Un hijo de Marsella. Un descendiente de españoles exiliados. Un tipo que sabía lo que era que lo miraran por encima del hombro. Saltó la valla publicitaria de un brinco. Le plantó una patada voladora en el pecho. Una patada de kung fu. El cuerpo estirado en el aire, el pie derecho extendido, el odio contenido durante años liberado en un solo movimiento.

El tipo cayó hacia atrás. Cantona le dio otro golpe. Un puñetazo más, por si acaso. Caminó hacia el túnel de vestidores.

Las fotos de la patada dieron la vuelta al mundo. La Asociación Inglesa de Fútbol lo suspendió por ocho meses. Un juez lo condenó a dos semanas de prisión, conmutadas por 120 horas de servicio comunitario.

Meses después, en una conferencia de prensa, alguien le preguntó si se arrepentía. Cantona se paró frente a los micrófonos, con su cara de pocos amigos, y soltó una frase que se volvió leyenda:

“Cuando las gaviotas siguen al barco pesquero, es porque piensan que van a tirar sardinas al mar”. Nadie entendió nada. Los periodistas se quedaron con la boca abierta. Él se dio media vuelta y se fue.

Lo que quiso decir, en criollo: “Ustedes, prensa, son las gaviotas. Yo soy el barco. Y ustedes esperan que cometa otro error para devorarme”. Lo dijo con una elegancia tan absurda que hasta sus enemigos tuvieron que reírse.

Cantona no se arrepintió. El tipo al que pateó era un neonazi, un vendedor de discursos de odio. Cantona, con sangre de refugiados en las venas, no iba a permitir que nadie lo insultara impunemente.

Años después, cuando le preguntaron si volvería a hacerlo, respondió: “Sí, y con más fuerza”.

III. La imagen de Cantona volando por el aire se volvió un ícono de la cultura pop. La banda de punk rock Ash la puso en la portada de su single “Kung Fu” en marzo de 1995. Una foto fija, congelada para siempre, que mostraba al Rey haciendo lo que nadie se atrevía.

La revista NME le dedicó el premio “Single of the Week”. La revista Q lo nombró uno de los “50 momentos más rock n’ roll de 1995”. Un tipo pateando a un fascista se volvió punk. El punk, en ese entonces, era la única música que entendía la rabia.

Décadas después, Cantona hizo su propia música. En 2023 sacó un EP, I’ll Make My Own Heaven. Canta como Leonard Cohen, con esa voz grave, rota, que susurra en vez de gritar. De adolescente escuchaba a los Sex Pistols, a The Clash, a AC/DC, a Led Zeppelin. El punk le enseñó a no callarse. Y él nunca se calló.

IV. Cuando se retiró del fútbol en 1997, con apenas 30 años, todos pensaron que seguiría en el mundo del balón. Cantona hizo lo que le dio la gana. Se metió de lleno en el cine. Su primera aparición fue en Elizabeth (1998). Después vinieron La alegría está en el campo, Los hijos de la marisma, y una decena más.

En 2009, el director Ken Loach le dedicó una película entera: Looking for Eric. Un cartero de Manchester, fanático del United, atraviesa una crisis existencial. De repente aparece Cantona, interpretándose a sí mismo, para ayudarlo a enderezar el rumbo.

También hizo teatro. También siguió pintando y fotografiando. En 2019, la UEFA le otorgó el Premio Presidente, un galardón que antes recibieron Di Stéfano, Bobby Charlton, Eusébio y Cruyff.

V. Cantona se involucró en causas sociales. Es parte de Common Goal, que dona el 1% del salario de futbolistas a organizaciones benéficas. Se ha pronunciado contra el racismo, contra la homofobia, contra la injusticia social. En sus ratos libres, fotografía a los sin techo de París. Publicó un libro de fotos dedicado a los indigentes: Elle, lui et les autres. Porque él, que vivió en palacios de cristal, nunca olvidó que el mundo también está hecho de cartón.

VI. Cantona no es un ejemplo de disciplina. No es el futbolista que los patrocinadores quieren para vender refrescos. Es un ejemplo de autenticidad.

Nos enseña que se puede ser el mejor sin dejar de ser uno mismo. Que se puede ganar títulos sin perder la cabeza. Que el fútbol es solo una excusa. Que después de la cancha hay una vida entera por explorar. Que se puede ser futbolista y actor, pintor y poeta, activista y filósofo callejero.

Nos enseña que el coraje no solo se demuestra en la cancha. También en la vida. En decir lo que se piensa. En hacer lo que se siente, aunque a todos les parezca una locura.

Cantona fue un adelantado a su tiempo. Entendió que el fútbol, como el arte, como la vida, es una forma de libertad. Y que la libertad, a veces, hay que defenderla a patadas.

VII. Hoy, Cantona tiene 59 años. Sigue siendo el mismo. El cuello levantado, la mirada perdida, las palabras medidas como un cirujano. Ya no juega al fútbol, pero sigue siendo el Rey. El Rey de Old Trafford. El Rey de los que no se callan. El Rey de los que, cuando ven injusticia, saltan la valla y patean.

No es un santo. Es real. Y en un mundo de plástico, de mentiras, de tibios que no se mojan, un tipo real vale más que cualquier estatua.

Cuando alguien pregunte quién fue Éric Cantona, no solo hay que hablar de sus goles. Hay que hablar de su patada. De sus películas. De su pintura. De su música. De su rebeldía.

Un tipo que, después de ser el mejor, se atrevió a ser él mismo. Eso, carnal, es más difícil que ganar cuatro Premier Leagues.