Ceremonia de graduación chicana y latina del San Diego City College en 2024. Foto cortesía de San Diego City College.

La vida de Concepción Reza transcurrió en una familia de clase media de la Ciudad de México. Entre 1952 y 1953 estudió economía en UCLA gracias a dos becas: una otorgada por el Banco de México y otra por el Departamento de Estado de Estados Unidos.

Durante su año en UCLA, un equipo de investigación que estudiaba las experiencias de estudiantes mexicanos en Estados Unidos la entrevistó. ¿Por qué había aprovechado aquella oportunidad?

Reza no creía que la educación estadounidense fuera inherentemente superior a la mexicana. Sin embargo, explicó que en México se valoraba mucho a quienes poseían títulos obtenidos en Estados Unidos, especialmente para acceder a empleos bien remunerados. También tenía una motivación más abstracta: como muchos mexicanos que estudiaban en el extranjero, esperaba que lo aprendido en Estados Unidos pudiera ponerse al servicio de México y del interés nacional.

Más de un millón de estudiantes internacionales, provenientes de México y de decenas de otros países, siguen llegando cada año a los campus universitarios estadounidenses con aspiraciones similares. Sin embargo, durante el segundo gobierno de Donald Trump, cada vez más estudiantes internacionales aseguran sentirse inseguros, vulnerables a la detención y deportación, e incapaces de expresarse libremente en los campus.

Muchos jóvenes de todo el mundo han abandonado sus planes de estudiar en Estados Unidos. Aun así, cientos de miles permanecen dispuestos a asumir la incertidumbre y enfrentar la posibilidad de exclusión o violencia. ¿Qué hace que esos riesgos valgan la pena?

Para responder esa pregunta resulta útil observar el caso de México, un país grande con numerosas oportunidades educativas que, pese a ello, mantiene una larga tradición de enviar a sus jóvenes a estudiar al extranjero.

Poderosas fuerzas políticas, sociales y culturales han impulsado históricamente a estudiantes ambiciosos a buscar lugares en las universidades más prestigiosas del mundo, aunque estas se encuentren en países donde existe un sentimiento antimexicano significativo. El deseo de ascender socialmente mediante la educación internacional es tan antiguo como la propia hostilidad estadounidense hacia México y los mexicanos. El riesgo de sufrir discriminación o incluso violencia durante una estancia académica en Estados Unidos no es algo nuevo para los estudiantes mexicanos.

Los estudiantes mexicanos han estudiado en Estados Unidos y Europa desde principios del siglo XIX, cuando las familias más privilegiadas comenzaron a invertir en el futuro de sus descendientes enviándolos al extranjero.

La élite mexicana obtenía prestigio social por su asociación con instituciones europeas o estadounidenses, consideradas más distinguidas que las escuelas mexicanas, donde los estudiantes ricos podían verse obligados a convivir con compañeros de origen más humilde.

Además, el estudio en el extranjero ofrecía ventajas prácticas. Los estudiantes desarrollaban redes internacionales de contactos, aprendían los idiomas de potenciales inversionistas y clientes, y adquirían habilidades técnicas avanzadas útiles para los negocios familiares.

Un ejemplo fue Francisco I. Madero, futuro presidente de México y miembro de una de las familias terratenientes más ricas del país. Durante su adolescencia estudió en París y posteriormente asistió a la Universidad de California en Berkeley a finales del siglo XIX, donde se concentró en técnicas comerciales y agrícolas antes de integrarse a la empresa familiar.

Las familias aristocráticas como los Madero financiaban por sí mismas la educación internacional de sus hijos. Sin embargo, a comienzos del siglo XX también surgieron oportunidades para jóvenes de clase media en ascenso, quienes accedieron a becas gubernamentales para estudiar ingeniería, música y pedagogía en el extranjero.

Estas becas recompensaban a los mejores estudiantes y al mismo tiempo constituían una inversión para fortalecer las escuelas profesionales mexicanas, ya que se esperaba que los beneficiarios regresaran al país para modernizarlas.

El estudio en el extranjero comenzó a ser objeto de debate público después de la Revolución Mexicana de 1910, que derrocó a un régimen autoritario e impulsó nuevas políticas destinadas a reducir la desigualdad y fortalecer la soberanía nacional.

Aunque el gobierno revolucionario siguió financiando becas, durante las décadas de 1920 y 1930 algunos comentaristas mexicanos comenzaron a preguntarse si estudiar en el extranjero realmente beneficiaba al país.

Uno de ellos fue Gabino Palma, quien recibió una beca gubernamental para estudiar pedagogía en Nueva York entre 1919 y 1921.

La vida en Estados Unidos resultó difícil para Palma. Los pagos de su beca se retrasaban durante meses, obligándolo a aceptar empleos en fábricas y hoteles para subsistir. Se quejaba ante las autoridades mexicanas de que ese trabajo de bajo estatus dañaba su reputación personal y, por extensión, la imagen de México.

Palma consideraba que un estudiante respetable en el extranjero debía contar con recursos suficientes para evitar trabajos manuales, incluidas las tareas domésticas, y disponer de tiempo para participar en actividades culturales y sociales con sus compañeros.

Gracias a su actividad periodística y su visibilidad como líder estudiantil, Palma logró difundir sus opiniones. En artículos publicados en El Universal en 1921 sostuvo que los estudiantes mexicanos debían cursar su formación universitaria básica en México y solo después especializarse en el extranjero.

Según Palma, quienes completaban toda su educación fuera del país quedaban prácticamente “perdidos para la nación”, ya que no tenían la oportunidad de desarrollar plenamente una identidad mexicana.

Aunque compartía algunas de las actitudes elitistas y racistas propias de sectores privilegiados de la época, también advertía que los mexicanos sin recursos suficientes o sin una beca adecuada corrían el riesgo de endeudarse o verse obligados a realizar trabajos extenuantes.

Sus advertencias anticipaban otro problema que se volvió cada vez más evidente a principios de la década de 1930: incluso los mexicanos más privilegiados podían enfrentarse al racismo en Estados Unidos.

Algunos estudiantes eran víctimas de estereotipos, microagresiones e incluso violencia física por parte de compañeros universitarios.

Estos incidentes no eran nuevos. En 1903, un estudiante mexicano en Mississippi fue cubierto con alquitrán y plumas. En 1914, estudiantes estadounidenses de Notre Dame arrojaron a compañeros mexicanos al río, lo que provocó una protesta formal del cónsul mexicano local.

El episodio más grave ocurrió en 1931, cuando dos alguaciles adjuntos de Oklahoma asesinaron a dos jóvenes mexicanos, uno de ellos sobrino del entonces presidente de México.

El crimen provocó un escándalo internacional. Tanto en Estados Unidos como en México, funcionarios de alto nivel e intelectuales destacados coincidieron en que la llamada “Tragedia de Oklahoma” constituía una injusticia criminal y una ofensa diplomática contra México.

Hubo protestas estudiantiles en Ciudad Juárez y llegaron coronas fúnebres enviadas por ciudadanos de ambos países a las familias de las víctimas.

Cuando un jurado local absolvió a los responsables, muchos mexicanos volvieron a preguntarse si los beneficios de estudiar en Estados Unidos realmente compensaban los riesgos.

Un comentarista llegó a advertir a los padres mexicanos que los hijos enviados al extranjero podrían regresar convertidos en “cadáveres”.

Grupos estudiantiles de izquierda, que interpretaban la preferencia de las élites por estudiar en el extranjero como una forma de “penetración psicológica” estadounidense y una fase del imperialismo en México, exigieron que los mexicanos dejaran de enviar a sus hijos a estudiar al norte.

Aun así, las credenciales académicas obtenidas en Estados Unidos seguían siendo demasiado valiosas para ignorarlas.

En el otoño de 1931, el único sobreviviente estudiantil de la Tragedia de Oklahoma regresó a Estados Unidos para continuar sus estudios. Poco después, autoridades de Oklahoma anunciaron una nueva beca destinada a un estudiante mexicano, cuya selección quedaría en manos del presidente de México.

El gesto generó indignación entre nacionalistas mexicanos. Sin embargo, numerosos estudiantes solicitaron ser considerados para recibir la beca.

Uno de ellos escribió al presidente afirmando que aquella oportunidad educativa le permitiría “hacer algo por mis padres y por la patria”.

Durante la década de 1930, tanto la opinión pública como las políticas gubernamentales mexicanas terminaron reconociendo cada vez más la utilidad de la educación internacional.

Incluso organizaciones estudiantiles de izquierda solicitaron acceso a becas internacionales para sus miembros.

En 1939, un grupo de futuros maestros vinculó su proyecto político de poner “la educación al servicio del pueblo” con su demanda de obtener “12 becas para graduados que estudien en el extranjero, preferentemente en Europa o Norteamérica”.

En los años cuarenta, el Banco de México creó un programa que envió a cientos de jóvenes mexicanos al extranjero, especialmente a Estados Unidos.

Al mismo tiempo, proliferaron programas de becas estadounidenses dirigidos a estudiantes mexicanos. El Departamento de Estado impulsó estas iniciativas como una herramienta de diplomacia cultural y de fortalecimiento de relaciones con América Latina.

Fundaciones dedicadas al desarrollo internacional, entre ellas la Fundación Rockefeller, también financiaron estudios de posgrado para mexicanos en universidades estadounidenses, donde podían adquirir habilidades clave para modernizar la agricultura, la investigación científica y la salud pública en México.

Las oportunidades continuaron creciendo y el número de mexicanos matriculados en universidades estadounidenses pasó de unos pocos cientos al año a varios miles durante el siglo XX.

En años recientes, alrededor de 15,000 mexicanos han estudiado simultáneamente en universidades de Estados Unidos.

Todavía está por verse si esa cifra disminuirá significativamente. En su análisis preliminar de las inscripciones del otoño de 2025, el Instituto de Educación Internacional encontró que casi tres cuartas partes de las instituciones encuestadas reportaron una matrícula estable o creciente de estudiantes provenientes de México.

Puede que esas cifras no se mantengan. Sin embargo, es razonable esperar que miles de estudiantes mexicanos continúen llegando a Estados Unidos pese a los riesgos.

También es probable que sigan llegando estudiantes de otras regiones del mundo mientras la política migratoria estadounidense lo permita.

Para muchos jóvenes que piensan en su futuro después de graduarse, sus planes para sí mismos, para sus familias y para sus países siguen pasando por pisar el resbaladizo peldaño que representan los campus universitarios estadounidenses.

Rachel Newman es autora de The Future in Their Hands: Making Mexico’s Foreign-Educated Elite, disponible para descarga gratuita. Imparte cursos sobre historia de la migración e historia de América Latina en la Universidad Colgate.

Este artículo fue publicado originalmente por Zócalo Public Square, una publicación de ASU Media Enterprise.