Reseña del disco ‘La Nueva Violencia’: Dillom y el arte de bailar sobre el abismo

Dillom ancló en su propia soledad. Un baldío de la mente donde la fiesta y el abismo son la misma cosa. Y desde ahí construyó su manifiesto.
La Nueva Violencia no es un título. Es un puñetazo que se escucha antes de sentirlo.
Dillom quería matar a su personaje. “Quería matar a mi ‘self'”, dijo. Pero el sistema no lo dejó. “No importa lo que haga, su nombre siempre encabezará la oración”.
El que se presentó como “Dillom” en Post Mortem ahora quiere ser solo una voz. “En mi primer álbum me presenté como Dillom. Aquí, es simplemente una voz que te habla”.
Esa voz habla desde la vulnerabilidad, desde la confesión.
“Fue una catarsis”, asumió. “Es el disco más personal desde las cosas que cuento y de las que me hago cargo”.
También es su disco más feliz.
“Va a ser mi disco más feliz, pero es patológicamente conceptual”.
La alegría como escudo, la fiesta como refugio y, debajo de todo, una estructura enfermizamente pensada.
Fermín Ugarte: el arquitecto del caos
Detrás de ese caos ordenado hay un nombre que no aparece en la portada, pero está en cada surco: Fermín Ugarte. Productor, tecladista de Bandalos Chinos y el cerebro que da forma a las ideas de Dillom desde hace años.
“A esta altura somos como familia”, dice Ugarte. “La conexión afectiva es muy estrecha como para separarla del trabajo”.
Ugarte se rodeó de un equipo de confianza: Bernardo Ferrón, Franco Dolzani, Samuel Shea y el guitarrista Coghlan.
La grabación fue una experiencia única. Dillom y su equipo convirtieron una casona de 1860 en un estudio, viviendo allí durante semanas.
La casa no fue un estudio. Fue un personaje más.
Filtró ecos, risas, toses y errores. Cada imperfección quedó en la mezcla final como una cicatriz que Dillom decidió no borrar.
“Lo primero que escuchás es un desastre de instrumentos y ruidos que suenan al mismo tiempo”, describe Dillom. “La suma de todas esas incongruencias termina generando un caos ordenado”.
El sonido de una casa encantada
El disco se mueve entre el electro-rock, la new wave, el pop-rock y la energía del hyperpop.
Pero no es una mezcla. Es un cuerpo que respira, que se mueve, que golpea.
Influencias de The Clash, The B-52’s, Happy Mondays y BRAT, de Charli XCX, se mezclan en un cóctel que no debería funcionar, pero funciona.
“No es un álbum tan agresivo; más bien es bailable”, dice.
Dillom abraza el vértigo, la sobreestimulación y el deseo constante.
La fiesta no es escapismo. Es supervivencia.
Las colaboraciones como acto de confianza
En la primera escucha del disco, sin saber nada, sin haber leído una sola línea sobre él, una canción me detuvo en seco.
Reconocí esa voz.
Era Sebastián Murphy, el vocalista de Viagra Boys, una banda sueca que me fascina.
Regresé la canción, la volví a poner y confirmé que era él.
Esa es la experiencia que Dillom quiere ofrecer: que vayas descubriendo lo que el disco te está dando sin que nadie te lo anuncie.
No hay colaboraciones acreditadas en el listado de canciones.
St. Vincent, Sebastián Murphy de Viagra Boys, Miranda!, Dickhead Mehrtens de Amyl and the Sniffers y la voz no acreditada de Adrián Dárgelos en “Fashion”. Ninguno aparece en el tracklist.
Dillom lo explica con honestidad brutal:
“Mi forma de ver las colaboraciones hoy en día… tengo cierto asco y rechazo. Me parece que es un flagelo hacia lo genuino del arte, de compartir, de juntarse a hacer música: el hecho de que muchas veces sea una herramienta mercadotécnica”.
El disco propone un consumo activo. Que vayas descubriendo las voces sin anuncios. Que el oyente se convierta en detective.
Eso es lo que Dillom quiere: que el arte no se consuma pasivamente, que se habite.
Las palabras como territorio
La Nueva Violencia arranca con una crítica de clase disfrazada de fiesta:
“Tengo nuevos conocidos con muy lindos apellidos / Se juntan en saunas frío’ con prendas de cocodrilo”.
La ironía de estar adentro y afuera al mismo tiempo.
Y luego aparece el “etcétera” como arma:
“¿A dónde está la droga, la fiesta, los baile’ / La guita, la plata, el cobro y los cable’ / Los pobre’, la carne, etcétera, etcétera?”.
La lista de lo que sobra y de lo que falta.
El “etcétera” como gesto de hartazgo.
En “Souvenir”, el registro cambia:
“Hay tantos planes que me quedaron por hacer a tu lado”.
El amor como asunto pendiente.
“Nunca vas a elegirme a mí”.
La vulnerabilidad como confesión. El fracaso como lugar habitable.
“Elvis Interludio” es un mensaje de audio de su padre criticándolo por haber subido de peso.
Dillom lo pone en el disco. No lo edita. No lo disfraza.
El humor no es un adorno.
Es un escudo.
La revolución desde el amor
El giro más inesperado del disco es filosófico.
Dillom descubrió una “energía hippie” viendo un concierto de Bob Dylan.
“Yo toda la vida odié a los hippies, pero ahí dije: ‘los necesitamos'”.
De esa revelación nació la idea de que la revolución no se hace desde el llanto.
Se hace desde la fiesta.
“Hay que hacer la revolución desde el amor”, dijo.
No es una frase bonita.
Es un hacha que rompe el mar helado.
Después de toda la fiesta, de todo el ruido y de todo el exceso, el disco cierra con “Amigos”.
Un sample de “Dancing in the Dark”, de Bruce Springsteen, convertido en algo propio.
Una canción sobre abrazos. Sobre esa gente que te sostiene cuando el telón baja.
No un portazo.
Un abrazo.
La pregunta que no tiene respuesta
¿Qué es La Nueva Violencia?
Podría decirse que es un disco sobre la violencia simbólica de la época, sobre la sobreestimulación y sobre el vacío que deja el consumo desmedido.
Pero Dillom no se para afuera para señalarlo.
Se mete adentro.
La vive.
Podría decirse que es un disco sobre la fiesta, sobre el exceso y sobre la necesidad de gritar para no escuchar el silencio.
Pero también es un disco sobre la soledad, sobre el miedo y sobre la dificultad de ser humano en un mundo que no da tregua.
La Nueva Violencia es un disco que no se deja atrapar. Que se ríe de sí mismo y, al mismo tiempo, se toma en serio.
Que baila sobre el abismo.
Dillom no baila para olvidar.
Baila para recordar que el margen es el único lugar donde la verdad no se negocia.
Que la fiesta es un acto de resistencia.
Que el abismo no es un destino: es un material.
La luz que brilla en la oscuridad se esconde en el corazón de quien baila sobre el abismo.






