La imagen de Dolores Huerta ha sido inmortalizada en numerosos murales en el Chicano Park de San Diego. (Foto: Alejandro Maciel/ Times of San Diego)

¡Sí, se puede! Es una frase que una maestra de California le enseñó a un país entero. Dolores Huerta la acuñó organizando trabajadores del campo. Barack Obama la tomó para su campaña presidencial. Huerta murió este miércoles 28 de octubre en su casa de Bakersfield, California. Tenía 96 años. Su familia lo anunció en un comunicado a través de su fundación.

Un portavoz de la familia dijo que la causa fue cáncer.

Huerta nació como Dolores Clara Fernández el 10 de abril de 1930 en Dawson, Nuevo México. Su padre era minero y activista sindical que luego ganó un escaño en la legislatura estatal. Sus padres se divorciaron cuando ella tenía tres años.

Su madre la crió en Stockton, California, entre familias trabajadoras mexicanas, filipinas, afroamericanas, japonesas y chinas. Su madre tenía un restaurante y un hotel de setenta habitaciones donde daba hospedaje gratis a familias campesinas.

Huerta fue maestra de primaria en el valle de San Joaquín. Vio llegar a sus alumnos con hambre. Eran hijos de trabajadores del campo. Dejó el aula para organizar a sus padres. Esa decisión es el origen de todo lo demás.

En 1955 cofundó el capítulo de Sacramento de la Organización de Servicios a la Comunidad. Ahí conoció a Chávez. Tenía 25 años cuando se volvió directora política de esa organización. En 1962 fundaron la National Farm Workers Association, que se volvió United Farm Workers. Huerta fue negociadora clave del sindicato.

Estuvo en la huelga de Delano junto a los recolectores filipinos de uva. La huelga reunió a 5,000 trabajadores de la uva. Huerta fue la negociadora principal del contrato que siguió.

Ganaban hasta 70 centavos la hora. No tenían baños en los campos. No tenían agua fría. No tenían descansos.

En 1966 negoció el contrato con Schenley Wine Company, el primero que unos trabajadores del campo firmaban colectivamente con una empresa agrícola. Dirigió el boicot nacional de la uva. En su punto más alto, unos 17 millones de personas dejaron de comprar uvas. La presión de esos boicots llevó a California a aprobar la primera ley estatal que reconoció el derecho de los trabajadores agrícolas a negociar colectivamente.

El precio lo pagó con el cuerpo. La encarcelaron 22 veces por manifestarse. En 1988, en San Francisco, protestando contra George H. W. Bush, un policía la golpeó con su porra en una multitud. Sufrió tres costillas rotas y el bazo destrozado. Necesitó más de una docena de transfusiones de sangre. Llegó a un acuerdo con la ciudad.

Después de recuperarse, amplió su lucha a los derechos de las mujeres y a empujar a latinas a postularse a cargos públicos. Fundó la Fundación Dolores Huerta para combatir la discriminación, la pobreza y la desigualdad.

Conoció a Robert Kennedy en su visita a Delano en 1968. Fue voluntaria en su campaña presidencial, registrando mexicoamericanos para votar en California. Estaba en el escenario con Kennedy la noche que ganó las primarias de California. Él le agradeció públicamente momentos antes de ser asesinado.

La frase nació en 1972, en Arizona. Los líderes sindicales de ahí le dijeron que no se podía organizar ese estado. Acababan de aprobar una ley tan estricta que un trabajador podía ir preso por pronunciar las palabras boicot o huelga. Le dijeron: “No, en Arizona no se puede”. Huerta respondió: “En Arizona, sí se puede”. Y lo hicieron. La frase se volvió el gran grito de la UFW. Hoy es marca registrada del sindicato.

Elderly Indigenous woman in a bright blue jacket speaks into a microphone at a protest, surrounded by youth holding signs; serious, determined mood.
La legendaria activista de los trabajadores agrícolas Dolores Huerta habla durante una conferencia de prensa en Sacramento antes de una audiencia legislativa de supervisión sobre el Departamento de Regulación de Pesticidas de California. (Foto de Liza Gross/Inside Climate News).

Obama adoptó la traducción “Yes, we can”. La usó primero en las primarias al Senado por Illinois en 2004. Fue el tema de su discurso tras quedar segundo en New Hampshire en 2008. Se volvió el grito de su campaña presidencial. La frase de una reunión de trabajadores del campo se volvió el canto de una campaña que lo llevó a la Casa Blanca.

El 29 de mayo de 2012, al entregarle la Medalla Presidencial de la Libertad, Obama dijo que le había robado el eslogan. Dijo que Huerta fue muy amable cuando se lo dijo. Y remató: “Dolores does not play”. La frase se identificó tanto con Obama que la mayoría la atribuye a él. Muchas veces se la atribuyeron también a Chávez por error. Nombrarla de Huerta devuelve el crédito a su autora. Durante años, su papel quedó opacado por el de Chávez, incluso en el crédito de la frase.

Fue la primera latina en el Salón de la Fama Nacional de Mujeres, en 1993. Recibió nueve doctorados honoris causa. En 1998, Bill Clinton le entregó el Premio Eleanor Roosevelt de Derechos Humanos. Hay escuelas con su nombre en California, Texas y Colorado. Su imagen adorna murales y calles llevan su nombre.

En 2017, el documental Dolores, dirigido por Peter Bratt y con Carlos Santana como productor ejecutivo, contó su vida. Angela Davis la llamó bailarina en el escenario de la justicia.

Aquí es donde empieza lo que importa. Huerta pertenece a la historia de Estados Unidos, incrustada en su relato. Los libros de texto de este país deberían enseñar su nombre a la comunidad anglosajona y a la comunidad latina nacida aquí, con el mismo peso con el que enseñan a otros fundadores de derechos. Su ejemplo mira también hacia afuera, hacia Latinoamérica, como prueba de que organizar desde abajo cambia leyes.

La lucha por ser reconocidos tiene otros nombres. César Chávez, con quien fundó el sindicato, la describió alguna vez como intrépida, comprometida con la causa y dura en las negociaciones.

Luis Valdez fundó El Teatro Campesino junto a los trabajadores del campo en 1965. Llevó esa historia a Broadway con Zoot Suit en 1979. La llevó al cine de Hollywood con La Bamba en 1987.

Los Tigres del Norte cantaron el 15 de octubre de 2026 en el Tiny Desk de NPR, dentro de El Tiny, el ciclo del Mes de la Herencia Hispana. Felix Contreras, copresentador de Alt.Latino, los presentó visiblemente conmovido y dijo que la comunidad está bajo ataque y que no es la primera vez. Abrieron con “Somos más americanos”.

Cada uno, a su manera, contó la misma historia: la de una comunidad que trabaja este país y exige ser nombrada dentro de él.

En el documental Seeds of Change, de 2025, Huerta dijo que espera que su legado sea el de una organizadora que organizó para luchar contra la injusticia. Dijo que el movimiento quiere darles a sus hijos una herencia de justicia, y que ese amor por la justicia es el mayor regalo que uno puede darles.

Huerta se fue a los 96 años, activa hasta bien entrados sus 90, marchando y hablando por su fundación de Bakersfield sobre raza, pobreza, derechos de las mujeres y derechos LGBTQ+. Su frase se escucha todavía en protestas y marchas por los derechos civiles de las mujeres, las personas de color y la comunidad LGBTQ+. Dejó una frase que ya es de todos. Dejó un sindicato, una ley, escuelas con su nombre y una comunidad que aprendió a decir que sí se puede. Eso cabe en el libro de texto, en el capítulo central, donde vive la historia de Estados Unidos.

Pero a mí no me mienten, todavía falta mucha historia por contar.