Mes de la Herencia Hispana
Historias que reflejan la riqueza, diversidad y contribuciones de la comunidad latina en San Diego.
Una selección de vestidos exhibidos a lo largo de la acera en Barrio Logan. (Adrian Childress/Times of San Diego)

En Barrio Logan, el Mes de la Herencia Hispana se siente por todas partes y mucho antes de que llegue oficialmente en el calendario.

Se nota en los puestos que venden banderas mexicanas, trompetas tricolores y sombreros bordados. En el aire donde se mezclan el aroma de las tamaleras, el humo de los tacos al pastor y el azúcar con canela de los churros recién hechos. En una tarde cualquiera, los autos avanzan despacio por las calles cercanas al Parque Chicano con las ventanillas abajo y alguna bandera ondeando desde una puerta. Los restaurantes colocan anuncios de fiestas patrias y, por todos lados, se escuchan las canciones de siempre.

Un clásico lowrider rojo con una bandera mexicana ondeando durante el Cultura Fest en Barrio Logan. (Adrian Childress/Times of San Diego)

Suena una ranchera desde un puesto de comida y varias personas comienzan a tararearla casi de memoria. Un hombre se detiene frente a una mesa de artesanías. Una pareja busca dónde estacionarse. Dos niños corren entre los puestos mientras sostienen pequeñas banderas de plástico. Una ráfaga repentina de viento derriba una de ellas y el niño más pequeño regresa varios pasos para recogerla antes de seguir corriendo.

Al caer la tarde, frente a la panadería, una mujer acomoda pequeñas banderas de papel sobre una mesa plegable. Su hijo, que habla inglés con toda naturalidad y español con dificultades, le pregunta algo. Ella responde en español. Él contesta en inglés. La conversación continúa así durante varios minutos, sin que ninguno parezca notar los cambios de idioma.

Hace unas semanas caminé por estas mismas calles junto a Raul, un inmigrante mexicano de Zacatecas que lleva más de 20 años viviendo en California. Frente a un negocio adornado con una enorme bandera de México, se detuvo unos segundos y me dijo:

“Lo curioso es que uno se siente más mexicano aquí, cuando está lejos de México”.

Luego señaló a una familia que compraba elotes en la esquina.

“Allá ni pensamos en eso. Aquí sí. Aquí uno se acuerda todos los días de quién es y de dónde viene”.

Unos días después conocí a un salvadoreño llamado Carlos, durante una celebración comunitaria en San Diego. Llegó a California hace casi 30 años. En su camioneta llevaba una bandera azul y blanca sujetada a una ventana. Otra más pequeña colgaba junto a una hielera desde donde repartía bebidas a familiares y amigos.

Hablaba con orgullo de Santa Ana, la ciudad donde creció. Recordaba las pupusas que preparaba su madre y las fiestas patronales de su barrio como si hubiera estado allá ayer.

Cuando llegaron sus dos hijos adolescentes, me advirtió:

“Ellos entienden español, pero ya casi no me lo hablan”.

Los muchachos respondieron en inglés cuando su padre les hizo una pregunta. Uno tomó una pupusa de queso, le dio un mordisco y la dejó a medio terminar.

“Prefieren pizza”, dijo el hombre, soltando una carcajada.

No parecía molesto. Más bien sonaba como alguien acostumbrado a una situación común en muchas familias inmigrantes.

“Yo soy salvadoreño de corazón. Ellos… no tanto. Ellos son nacidos aquí”.

Durante una caminata reciente por Barrio Logan, una mujer buscaba una talla específica de camiseta para la celebración del Grito. El vendedor revolvía cajas de cartón llenas de mercancía mientras ella le explicaba por teléfono a una hermana en Phoenix qué colores debía comprar para toda la familia.

Bailarines de folclórico durante el Cultura Fest en Barrio Logan, el 15 de septiembre de 2025. (Adrian Childress/Times of San Diego)

A unos metros, un hombre observaba fotografías antiguas colocadas sobre una mesa de artículos artesanales. Señaló una imagen en blanco y negro y comentó que le recordaba a su abuelo, aunque reconoció que apenas lo conoció cuando era niño. La conversación duró menos de un minuto antes de que ambos siguieran su camino.

En un mercado, José acomodaba mercancías mientras de fondo se escuchaba Mujeres divinas de Vicente Fernández. Nadie parecía prestarle demasiada atención, pero varios clientes seguían la letra en voz baja mientras revisaban camisetas, adornos y recuerdos para las celebraciones.

Sin embargo, este año algunas conversaciones también se desviaron hacia otros temas.

Una madre comenta que revisa el teléfono con frecuencia cuando su esposo sale a trabajar.

Un comerciante cuenta que algunos clientes le preguntaron si habría presencia de agentes de ICE durante el desfile o las fiestas.

Las compras continúan. Los puestos siguen llenándose a medida que avanza la tarde. La música no se detiene.

Cuando el sol comienza a caer detrás de los edificios, un vendedor acomoda por última vez las banderas sobre una mesa de plástico. Más adelante, una familia espera una orden de tacos y un niño corre por la acera sujetando una pequeña bandera mexicana que casi arrastra por el suelo. Desde una bocina vuelve a sonar una ranchera. Nadie parece prestarle demasiada atención, pero varias personas la siguen tarareando mientras caminan por Logan Avenue.

Alejandro Maciel is the bilingual audience producer and reporter for Tiempos de San Diego and a binational journalist whose career has unfolded in newsrooms and communities on both sides of the border....