
María empuja una carretilla repleta de banderas mexicanas por la Third Avenue de Chula Vista. No quiso decir su nombre completo. Espera venderlas todas antes de que termine la noche.
No tiene un empleo de tiempo completo y hubiera dado lo que fuera por ver este Mundial junto a sus hermanos y amigos en Los Altos, Jalisco, el pueblo que dejó hace 15 años. Por razones que no necesita explicar, no puede regresar. Pero este jueves se le ve contenta, acompañada de su amiga Bertha, entre miles de personas que han convertido el Memorial Park de Chula Vista en una extensión improvisada de México.
“Vamos a ganarnos un dinerito y además vamos a disfrutar de la música de la Banda El Recodo y del juego México-Corea”, dice emocionada.
—¿Y no trae alguna bandera coreana?

María me mira, se ríe y señala el océano de camisetas verdes que inunda el parque.
—Esto es territorio mexicano.
Y por unas horas, lo parece.
A pocos minutos del silbatazo inicial, el ambiente ya es el de una fiesta patronal. John McCann, alcalde de Chula Vista nos dijo que había al menos 25 mil personas. “Y eso que no ha empezado el juego, creemos que pueden llegar unas 5000 más”, dijo entusiasmado.
No se equivoca.
La multitud sigue llegando. Familias enteras cargan hieleras, sombrillas y sillas plegables. Otros simplemente buscan un espacio desde donde mirar alguna de las pantallas gigantes instaladas para la transmisión.
“Hasta ahorita todo va muy bien, saldo blanco”, dijo el alcalde mientras observa la marea humana.
La selección mexicana enfrenta a Corea del Sur en un partido crucial de la fase de grupos. Pero antes del futbol está la convivencia.
Hay tamales, tacos, quesadillas, burritos, hot dogs, pollo frito, nachos y paletas. El aroma de la comida se mezcla con la música de banda y con el calor de la tarde.
“De hambre no vamos a morir”, bromean Esperanza y su hija Isabel, de 90 y 65 años, respectivamente, mientras buscan un buen lugar para sentarse. Han vivido en Chihuahua, León, Tijuana, Los Ángeles y ahora San Diego. Como muchos aquí, cargan varias geografías en la memoria.
Más allá, Estanislao Martínez, originario de Jiquilpan, Michoacán, analiza el partido con la seriedad de un comentarista deportivo.
“No hay que confiarse. Ellos tienen jugadores muy buenos en las ligas europeas”, advierte.
Su hijo David, de 22 años, aporta las estadísticas. Se nota que hizo la tarea.
“Han jugado 15 veces. México ganó ocho, hubo tres empates y Corea ganó cuatro”.
Mientras tanto, José Bravo, de 55 años, recuerda el Mundial de 1986 en Ciudad de México. Presenció un partido y desde entonces no había vuelto a vivir un ambiente mundialista.
“Hay partidos en Los Ángeles, pero los boletos están muy caros”, lamenta.

No importa. Si México gana, él y tres compañeros de trabajo ya tienen plan: celebrar en alguno de los bares cercanos.
La tarde avanza y el parque se transforma en carnaval.
Suena La Chona. La gente baila sin pudor. Las matracas golpean el aire. Las vuvuzelas, herencia sonora del Mundial de Sudáfrica, producen un estruendo constante. Un hombre envuelto en una bandera mexicana y con máscara de lucha libre organiza una porra tras otra.
Aquí nadie parece extrañar el estadio.
O quizás sí, pero encontraron una forma de reinventarlo.
Porque el México que se vive esta tarde no es únicamente un equipo de futbol. Es también una nostalgia compartida. Un sentimiento de pertenencia. Un recuerdo que acompaña a pesar de la frontera.
Muchos de los asistentes pasaron décadas trabajando en restaurantes, en la construcción, en hoteles o en el campo. Algunos no pueden regresar al país donde nacieron. Otros lo visitan cada vez menos. Pero cuando aparece el escudo nacional en una pantalla gigante, algo se activa.
El grito de “¡México, México!” suena a distancia y a nostalgia y a orgullo de pertenencia.
A las 5:52 aparecen las selecciones. El rugido es inmediato. La marea tricolor entona el himno nacional, con sus bélicas estrofas de “mexicanos al grito de guerra”.
Cuando Corea genera la primera llegada de peligro, el parque entero se congela. Callan las vuvuzelas. Una mujer a mi lado se tapa la boca. El futbol tiene esa capacidad de convertir a miles de desconocidos en una sola persona que late al ritmo de los jugadores.
El primer tiempo avanza entre la preocupación y la impaciencia.
Corea controla más la pelota. México no encuentra profundidad. Los acercamientos son escasos.
“Por arriba no”, grita alguien. “Los coreanos son muy altos”.
Al descanso, el ambiente tiene un ligero sabor a decepción.
Pero entonces llega el minuto 49.
Luis Romo aprovecha un descuido defensivo y manda el balón al fondo de la red.
Por una fracción de segundo hay silencio, como si nadie terminara de creerlo.
Después viene la explosión.
La cerveza corre a raudales. Los abrazos entre desconocidos se dan sin ton ni son. Las banderas ondean. El parque entero salta.
México gana.
No necesariamente juega mejor.
No convence.
No enamora.
Pero gana.
Los minutos finales traen más sufrimiento que tranquilidad. Al 87 llega un susto enorme frente al arco mexicano.
“México is lucky today”, comenta un aficionado vietnamita.
Tal vez tenga razón.

La ola, que durante buena parte del partido recorrió el parque una y otra vez, se detiene a medio camino. La gente prefiere sufrir concentrada.
Y cuando finalmente llega el silbatazo final, nadie pide explicaciones.
México venció 1-0 a Corea del Sur y sumó tres puntos que lo dejan en el liderato de su grupo.
¿Convenció? No.
¿Importa?
A juzgar por las miles de personas que comienzan a cantar, bailar y celebrar en las calles de Chula Vista, la respuesta es no.
Esta noche, al menos, el futbol fue una excusa para algo más grande: sentirse cerca de casa. Aunque la casa de muchos quede al otro lado de la frontera. La fiesta apenas empieza y la noche es joven.






