Nathan Fielder ha llevado su método a límites extremos. En The Rehearsal, construyó réplicas exactas de escenarios de la vida real para que las personas pudieran ensayar momentos importantes antes de vivirlos. (Foto: Archivo)

Nathan Fielder es un creador de televisión canadiense que ha construido una carrera convirtiendo la incomodidad en arte. Si no has oído hablar de él, no te preocupes. Su obra no es fácil de explicar. No hace comedia tradicional, ni documentales, ni reality shows.

Hace algo que podría describirse como “experimentos sociales filmados”, donde él mismo actúa como catalizador de situaciones absurdas e incómodas. Su serie más famosa, Nathan for You, lo mostraba ofreciendo estrategias de marketing ridículamente disparatadas a pequeños negocios. Pero debajo de la farsa había una investigación sobre el comportamiento humano, la vergüenza y hasta dónde está dispuesta a llegar una persona para salvar su negocio o su dignidad.

Desde entonces, Fielder ha llevado su método a límites aún más extremos. En The Rehearsal, construyó réplicas exactas de escenarios de la vida real para que las personas pudieran ensayar momentos importantes antes de vivirlos. Su enfoque ha sido descrito como “inclasificable” y su estilo ha creado un nuevo género televisivo que muchos han intentado imitar sin éxito. Su última obra, el documental You Can See Everything, producido por A24, lo muestra frente a Elizabeth Holmes, la fundadora de Theranos, en los días previos a su ingreso a prisión. Y es precisamente ese proyecto el que ha desatado una fiebre en redes sociales, con un clip que ha sido analizado por psicólogos y expertos en lenguaje corporal.

Hay un movimiento de la mano del mago que el espectador nunca alcanza a advertir. Mientras uno mira la moneda, la otra mano ya está trabajando. Nathan Fielder ha construido buena parte de su obra alrededor de ese movimiento. El truco está frente a nosotros, perfectamente iluminado, pero la verdadera operación sucede unos centímetros fuera del encuadre. Una conversación aparentemente inocente. Un negocio de barrio. Una pareja. Un hombre que quiere confesar una mentira. Una casa que parece una casa. Un actor que parece un actor. Un hombre que parece Nathan Fielder.

Y entonces algo se desplaza. El espectador tarda unos segundos en comprender que también ha sido metido dentro del mecanismo.

Eso es lo que me interesa de Fielder. No solamente que sea gracioso. Me interesa qué está mirando. Porque debajo de sus programas, debajo de ese humor incómodo que a veces parece haber sido fabricado con una navaja oxidada, hay una investigación persistente sobre una de las cosas más difíciles de filmar: el comportamiento humano cuando sabe —o sospecha— que está siendo observado.

Ahí comienza el problema. Y también comienza la diversión.

El laboratorio antes del laboratorio

Nathan Fielder nació en Vancouver en 1983. Creció en el barrio de Dunbar, hijo de trabajadores sociales, y desde pequeño mostró una obsesión temprana por la comedia. Grababa los monólogos de Seinfeld en una grabadora, los transcribía y los memorizaba. En la escuela secundaria Point Grey formó parte del equipo de improvisación junto a Seth Rogen.

Pero Fielder no fue directamente a la comedia. Estudió emprendimiento y marketing en la Universidad de Victoria, trabajó brevemente en una correduría de bolsa y, según cuenta, odió la experiencia porque le parecía extraño ganar dinero sin producir nada de valor. También fue mago. Un mago de verdad. Trabajó en una tienda de magia, hizo trucos en fiestas infantiles y todavía es miembro del Magic Castle de Los Ángeles. Eso no es un dato menor. Porque un mago sabe que el truco no está en lo que se ve, sino en lo que se oculta. Esa es la lección que Fielder llevó a la televisión.

Antes de construir experimentos sociales, Fielder aprendió a construir situaciones cómicas. Trabajó como escritor en This Hour Has 22 Minutes, el clásico programa de sátira canadiense, donde desarrolló su propio segmento, “Nathan On Your Side”, que ya era un ensayo de lo que después sería Nathan for You. También colaboró en Important Things with Demetri Martin como director de segmentos, y en Jon Benjamin Has a Van como consultor creativo.

En esos años, Fielder fue construyendo su identidad como creador: escritor, actor, director de segmentos, observador, manipulador de situaciones. Todavía no existía Nathan Fielder como máquina narrativa. Pero ya estaba ahí, debajo de la piel.

El mecanismo Nathan for You

En 2013 Comedy Central le entrega su primera plataforma propia: Nathan for You. La premisa parece una estupidez: un hombre con un título en administración de empresas intenta ayudar a pequeños negocios con estrategias de marketing absurdas. Pero la estructura real era mucho más perversa.

Fielder había encontrado un territorio extraordinariamente fértil: la realidad no necesita que le escriban demasiados chistes. Hay personas. Hay negocios. Hay dinero. Hay vergüenza. Hay deseo. Hay ego. Hay una cámara. Y luego hay una pequeña alteración. Una sola. Fielder introduce la alteración y espera. El comediante convencional construye el chiste y espera la risa. Fielder construye la situación y espera la conducta. La diferencia parece microscópica. Es enorme.

El ejemplo más brillante de ese método es la Dumb Starbucks, un café que abrieron en Los Ángeles en 2014 con una réplica exacta de la cadena de cafeterías, pero con la palabra “Dumb” (tonta) antes de cada producto. La gente hacía fila, los medios especularon que era obra de Banksy, hasta que la policía lo cerró y Fielder apareció en los titulares del Los Angeles Times para reclamar la autoría. No era un negocio. Era un experimento. Una forma de ver hasta dónde llegaba la gente, hasta dónde llegaban las reglas, hasta dónde llegaba la realidad.

El actor como instrumento

Uno de los detalles más importantes de su obra es que Fielder actúa en sus propias piezas. Pero su actuación tiene una particularidad: suele interpretar una versión de sí mismo que parece torpe, inexpresiva, socialmente desfasada, incapaz de leer determinadas convenciones humanas. Precisamente esa aparente incompetencia le permite hacer algo extraordinario: la gente baja la guardia. El personaje funciona como una especie de caballo de Troya.

En Nathan for You, Fielder se esconde detrás del consultor extraño. En The Rehearsal, ya no sabemos exactamente dónde termina el personaje y empieza el hombre. En The Curse, directamente construye a Asher Siegel, un personaje dramático completo: un hombre obsesionado con su imagen, con su masculinidad, con su matrimonio, con la culpa, con la posibilidad de ser buena persona y con el terror de descubrir que quizá uno no controla la imagen que tiene de sí mismo. La evolución actoral forma parte de la evolución conceptual. Fielder no es solo un creador de situaciones. Es un intérprete de sí mismo que ha aprendido a usar su cuerpo como parte del experimento.

El salto a HBO y la escala como argumento

Cuando Fielder llega a HBO con The Rehearsal, la escala cambia. HBO describió el programa como una construcción casi delirante: “recursos aparentemente ilimitados” para que personas comunes puedan ensayar acontecimientos importantes de su vida. El dinero deja de ser solamente presupuesto y se convierte en una herramienta narrativa. Fielder puede construir el mundo que necesita para que una persona tome una decisión. Puede reconstruir un restaurante. Una casa. Una ciudad. Una relación. Una vida. La producción deja de ser invisible y se convierte en parte de la obra.

En la segunda temporada, Fielder se propuso mejorar la seguridad aérea. Su teoría era que muchos accidentes de avión ocurrían porque los copilotos se intimidaban demasiado para corregir a los capitanes. HBO le dio un cheque en blanco, y Fielder construyó réplicas de aeropuertos, simuladores de vuelo, un concurso de talentos para pilotos y hasta ensayó cómo hablar frente al Congreso. Y además, durante la producción, se convirtió en piloto comercial certificado de Boeing 737 y ahora trabaja transportando aviones para una empresa de ferry.

The Curse y el gran salto actoral

En 2023, The Curse representa un salto fundamental. Fielder co-crea junto a Benny Safdie, escribe, dirige y protagoniza junto a Emma Stone, todo para Showtime y A24. Aquí cambia el tablero. Fielder pasa de experimentar con personas reales dentro de una estructura de comedia a crear personajes ficticios dentro de una ficción dramática. The Curse tiene diez episodios y la prensa la describió como un tratado sobre la performance y el entretenimiento.

Emma Stone lo describió como alguien capaz de moverse con fluidez entre la dirección, la escritura, la actuación y la producción. Y Fielder, desde su rol de productor ejecutivo, también ha sabido construir un ecosistema creativo a su alrededor, como demuestra su apoyo a la serie documental How To with John Wilson, una serie de HBO que explora la realidad cotidiana de Nueva York con un estilo que claramente bebe de la misma fuente.

Un estilo propio: el “Fielder-verso”

Nathan Fielder no ha creado solo una serie o un personaje. Ha creado un nuevo género televisivo. La crítica no ha sabido cómo clasificarlo. La Columbia Journalism Review preguntó si The Rehearsal es periodismo. El Confidencial lo definió como una mezcla entre Jacques Derrida y MasterChef. Esa incapacidad para clasificarlo es la prueba de su originalidad. Fielder ha creado un espacio entre el documental y la ficción, entre el reality y la performance, entre el ensayo y la broma pesada. Construye simulacros tan detallados que los participantes olvidan que están en un simulacro. Y de ese extravío extrae verdades más profundas que cualquier entrevista convencional.

El detonante: You Can See Everything

El nuevo documental, You Can See Everything, lo codirige Fielder junto a Lance Oppenheim. Fue mantenido en secreto durante años y tuvo una presentación sorpresa en Telluride el 6 de septiembre de 2026. A24 anunció su estreno cinematográfico para octubre.

Elizabeth Holmes invitó al equipo a documentar los treinta y cuatro días anteriores a su ingreso a prisión. La película comienza ahí. Pero, según quienes ya la vieron, termina convirtiéndose en algo mucho más extraño que un documental convencional. El filme dura 174 minutos y fue realizado durante tres años.

A24 les dio algo extraordinariamente raro: libertad. Sin fecha límite para terminar. Sin la obligación de convertir necesariamente todo ese material en una película. Si no funcionaba, podían tirarlo todo a la basura. Ese detalle es clave. Porque Fielder lleva años construyendo situaciones para descubrir qué ocurre cuando se altera una variable. Ahora alguien le entregó una variable gigantesca: Elizabeth Holmes. Y una cámara.

Quién es Elizabeth Holmes y por qué estamos hablando de ella

Elizabeth Holmes es la fundadora de Theranos, una empresa de biotecnología que prometió revolucionar los análisis clínicos con una máquina llamada Edison, que supuestamente podía realizar cientos de pruebas con solo una gota de sangre. Logró convencer a inversores de todo el mundo, recaudando más de 700 millones de dólares. Llegó a ser considerada la “Steve Jobs femenina”, apareció en portadas de revistas y su empresa llegó a estar valorada en 9 mil millones de dólares.

Pero la tecnología no funcionaba. Holmes y su socio ocultaron las fallas, manipularon datos y mintieron a inversores, médicos y pacientes. En 2022 fue declarada culpable de fraude y sentenciada a más de once años de prisión. Y en los treinta y cuatro días previos a su ingreso a prisión, abrió la puerta de su casa a Nathan Fielder y Lance Oppenheim.

El rostro del engaño: lo que el clip nos reveló

El clip no es un tráiler convencional. Es un fragmento de conversación entre Holmes y Fielder de aproximadamente un minuto y medio. No hay música. No hay cortes rápidos. Hay una cámara fija, dos personas sentadas frente a frente, y un silencio que se alarga más de lo que la incomodidad debería permitir.

Holmes mira a Fielder fijamente. Sin pestañear. Sin desviar la mirada. Annie Sarnblad, experta en lectura de expresiones faciales, ha analizado el clip y señala que lo que vemos es un “retraimiento del párpado superior” combinado con una “mirada disociativa sostenida”. Explica que este gesto ocurre cuando una persona se desconecta de sus emociones, cuando está sobreestimulada o abrumada. Es el mismo gesto que se observa en estafadores de alto riesgo y en personas con trastornos de personalidad.

Holmes está diciendo “soy sincera” mientras su rostro dice otra cosa. Sus ojos dicen lo que los analistas llaman “la mirada del depredador”: intimidante, penetrante, sin parpadeos. Y detrás de esa mirada, no hay emoción.

El clip ha acumulado más de un millón y medio de visualizaciones en cuestión de horas. Psiquiatras, psicólogos y analistas de lenguaje corporal están desarrollando teorías basándose en esos pocos segundos de metraje. Los comentarios lo describen como “el tráiler más aterrador del año” y comparan la escena con un encuentro entre Clarice Starling y Hannibal Lecter.

El clip es aterrador también por lo que no ocurre. No hay una banda sonora que guíe la emoción. Fielder, el hombre que ha hecho una carrera observando el comportamiento humano, parece genuinamente desconcertado. Su expresión parece decir: “¿Esto es real?”.

El veredicto

El tráiler contiene una escena que es una miniatura de toda la obra de Fielder. Holmes mira a Fielder. Fielder la mira. Ella insiste en que está siendo sincera. Y la pregunta deja de ser simplemente si Elizabeth Holmes está diciendo la verdad. La pregunta fielderiana es mucho más incómoda: ¿cómo podemos saber si alguien está actuando cuando esa persona cree sinceramente que está diciendo la verdad?

Holmes está condenada. Está en su casa, esperando la fecha de ingreso a prisión. No hay inversores que convencer. No hay un jurado que engañar. No hay una empresa que salvar. Y sin embargo, sigue actuando. Sigue sonriendo. Sigue sosteniendo la mirada. Sigue insistiendo en que es sincera.

Tal vez la pregunta que este documental plantea no es si Holmes está mintiendo, sino si es posible que ella misma ya no sepa la diferencia. Tal vez la verdadera tragedia no sea haber engañado a millones, sino haberse engañado a sí misma tanto tiempo que la mentira ya no se distingue de la verdad.

Y ahí, finalmente, la mano del mago deja de estar fuera del encuadre. La vemos. Nos mira. Y por primera vez empezamos a sospechar que quizá la persona que estaba siendo ensayada desde el principio éramos nosotros.