By Karen Pearlman
Estaba paseando a mi perro a la vuelta de la esquina cuando escuché tres fuertes detonaciones provenientes de la zona donde estaba la casa de los Voight. En ese momento pensé que podía tratarse de la explosión de un tanque de propano, una falla en un sistema de aire acondicionado o algún accidente en el patio trasero.
No comprendí lo que realmente habían sido esos sonidos hasta el día siguiente, cuando la policía me informó que Dave Voight tenía una colección de armas guardadas bajo llave en una caja fuerte dentro del garaje.
Durante aproximadamente cinco años fui la cuidadora habitual de las mascotas y la casa de los Voight. También paseé a sus perros junto con los míos durante muchos años. Conocía bien la vivienda y la distribución de sus espacios, una propiedad que la familia había remodelado y mejorado significativamente desde que la compraron.
Cuando estaban fuera de casa y llegaban paquetes, era común recibir mensajes de texto de Dave, de su esposa Amy o de ambos, pidiéndome que utilizara el código de acceso que me habían confiado para resguardar los envíos en el interior.
Después de pensar con más preocupación en aquellos ruidos, unos 20 minutos más tarde envié un mensaje de texto a Amy, que celebraba su cumpleaños número 54, y luego a Dave. Les pregunté si habían escuchado las detonaciones y si estaban bien.

Ninguno respondió.
Una inquietud creciente
A la mañana siguiente envié más mensajes y realicé llamadas telefónicas a ambos por separado.
Sus vehículos seguían estacionados en la entrada, inmóviles, cuando normalmente ya habrían salido rumbo al trabajo o a la escuela Pershing Middle, donde llevaban a Mya.
Toqué el timbre.
Nadie respondió.
Miré por las ventanas.
No vi movimiento.
Volví a tocar. Golpeé la ventana de la habitación principal.
Silencio.
Regresé a la puerta principal, introduje el código de acceso y entré a la casa.
Una vez dentro llamé en voz alta a Amy, Dave y Mya. Caminé por el pasillo hasta la habitación principal, que permanecía oscura, y encontré una escena imposible de describir con palabras, una imagen que quedará grabada en mi memoria para siempre.
También vi a Penny, la perrita de la familia, que tiene problemas de audición y dormía cerca.
Las siguientes doce horas fueron abrumadoras.
Pasé la mayor parte del tiempo sentada en la acera, frente a la casa de los Voight, acompañada por integrantes de un equipo psiquiátrico del departamento de policía y por el capellán de la Policía de San Diego.
Mientras agentes y personal de la oficina forense entraban y salían de la vivienda, respondí una interminable serie de preguntas de los investigadores, observando cómo retiraban los cuerpos de una familia que conocía bien y a la que apreciaba profundamente.
Quiénes eran los Voight
Como periodista y narradora de historias, quiero que la comunidad sepa quiénes eran realmente los Voight, más allá de las suposiciones que suelen acompañar tragedias de esta magnitud.
Así es como los recuerdo.
Dave era originario de Chicago, veterano condecorado de la Marina de Estados Unidos y empleado gubernamental. Era un hombre profundamente dedicado a su familia y completamente enamorado de su hija. También era ferozmente leal a sus compañeros militares y amigos.
Intercambiábamos mensajes durante los juegos de los Chicago Cubs y los Chicago Bears, celebrando y lamentando cada resultado según correspondiera.
Orgulloso de su país, mantenía una bandera estadounidense ondeando en la parte más alta de su vivienda. Incluso su camioneta exhibía un emblema de Estados Unidos.
Amy era la imagen clásica de una californiana activa y optimista. Se mantenía en excelente condición física, era fuerte emocionalmente y siempre mostraba generosidad con quienes la rodeaban.
Rescataba perros, cuidaba flores y plantas, y disfrutaba haciendo crecer su jardín. Era el pilar que mantenía unida a su familia. Profesionalmente, trabajaba como parte fundamental del NCIS local, ayudando a investigar actividades ilícitas relacionadas con la Marina.
Mya, estudiante de octavo grado, había enfrentado algunas dificultades académicas en sus primeros años escolares, pero logró superarlas para convertirse en una alumna destacada.
Amaba a su familia, a sus mascotas, el arte, pasar tiempo con sus amigos y practicar tenis y voleibol.
Cuando organizaba reuniones en casa durante el verano, el vecindario se llenaba de risas, gritos de alegría y chapuzones en la piscina.

La familia adoraba a Buddy, su labrador negro. Yo disfrutaba cuidarlo cuando viajaban, al igual que a Penny, una mezcla de terrier que fue rescatada de la vivienda por bomberos de San Diego el 16 de septiembre y posteriormente reubicada en un nuevo hogar.
Durante varios años paseé a Buddy cada mañana durante una hora.
Al regresar, Dave siempre nos recibía con entusiasmo y repartía trozos de zanahoria como premio para los perros.
También recuerdo cómo reaccionaba cuando surgía una emergencia en el vecindario.
En una ocasión, el perro de un vecino fue atacado por otro animal. Dave salió de inmediato de su casa, recogió al perro herido, tranquilizó a su dueño y los llevó de urgencia a un hospital veterinario.
Amy también tenía incontables gestos de amabilidad.
Cada vez que viajaba regresaba con algún regalo para mí: camisetas de Hawái, sudaderas de Lake Arrowhead, jabones de Palm Springs o tazas de Chicago.
Le encantaba cocinar y hornear postres sin gluten, que con frecuencia compartía con amigos y vecinos.
Mya, por su parte, era una fuente constante de alegría.
Hacía ruedas de gimnasia en el jardín delantero, dibujaba con gis de colores en la entrada de la casa, pedía acariciar a los perros que pasaban por la calle y recorría el vecindario en bicicleta junto a sus padres.
Cuando Buddy murió en 2025, casi al mismo tiempo que fallecía la madre de Dave, la tristeza era evidente en la familia.
Poco después, Dave me llamó para preguntar si Mya podía dormir acompañada por uno de mis perros.
Acepté.
Durante casi dos semanas, mi mascota pasó las noches con ella.
SUna despedida multitudinaria
El servicio conmemorativo celebrado el 28 de septiembre en una capilla de Liberty Station reunió a cientos de personas.
Entre los asistentes había compañeros militares de Dave, colegas de Amy, amigos de Mya y numerosos vecinos de San Carlos.
La hermana de Amy, Tammy Teague, habló sobre los recuerdos compartidos durante su infancia y explicó que Amy había sido su mayor confidente.
También afirmó que la familia no sentía ira hacia Dave, recordando momentos que reflejaban el profundo amor que existía entre los tres integrantes de la familia.
Los compañeros militares de Dave compartieron historias sobre su amistad y destacaron el orgullo que siempre manifestó por su esposa y su hija.
Los amigos de Mya recordaron videollamadas, fiestas, bailes y conversaciones sobre la escuela. Una joven comentó que Mya siempre la preparaba para el siguiente año escolar contándole sus propias experiencias.
La empleada doméstica que trabajó con la familia durante años apenas pudo contener las lágrimas mientras recordaba la amabilidad de los Voight y veía pasar ante sus ojos la infancia de Mya.
La realidad más difícil de aceptar es que no existe un villano claro en esta historia.
Las muertes pueden generar preguntas sobre los desafíos que enfrentan algunos veteranos tras el servicio militar, el acceso a armas de fuego, la atención de la salud mental o el papel de los medicamentos.
Sin embargo, para quienes conocieron a Amy, Dave y Mya, la verdadera tragedia es mucho más sencilla y dolorosa: la pérdida de tres personas profundamente queridas cuya ausencia seguirá sintiéndose durante muchos años en San Carlos.






