Hubo una época, allá a finales de los 80’s que encontrar un altar de muertos en Tijuana era casi tan difícil como encontrar un día sin fila en la garita. Halloween dominaba los escaparates, las escuelas y buena parte de las celebraciones de otoño. En otros lugares de México bastaba caminar unas cuantas calles para encontrar una ofrenda familiar; en la frontera, en cambio, había que buscarlas.

Por eso, cuando mi editor me pidió un reportaje sobre los altares del Día de Muertos, supe que tendría que buscarlos con paciencia. No estaba en Oaxaca, ni en Michoacán, ni en los barrios antiguos de Ciudad de México. Estaba en una ciudad fronteriza acostumbrada a vivir entre dos culturas.

Así que hice lo que cualquier reportero hace cuando no sabe por dónde empezar: preguntar.

Pregunté en mercados, en escuelas, en centros comunitarios y en pequeños negocios de barrio. Algunos recordaban haber visto altares años atrás. Otros me enviaban a exposiciones organizadas por instituciones culturales. Yo buscaba otra cosa. Quería encontrar una casa donde la tradición siguiera viva, lejos de escaparates y actos oficiales.

Las pistas terminaron llevándome a la colonia Obrera. Por entonces era un barrio de calles de tierra, casas levantadas poco a poco y lotes donde crecían árboles entre cercas improvisadas. Muchas familias procedentes de Oaxaca se habían asentado allí con los años, particularmente mixtecos que habían encontrado en Tijuana una forma de comenzar de nuevo sin romper con sus raíces.

Recuerdo haber entrado a una tienda de abarrotes y hacer la misma pregunta por enésima ocasión.

—¿Conocen algún altar de muertos que pueda visitar? Estoy haciendo un reportaje.

La mujer detrás del mostrador ni siquiera tuvo que pensarlo.

—Busque a doña Chole.

Luego comenzó a darme instrucciones.

—Ella pone uno muy bonito todos los años. Bueno, dos. Uno para los niños que llegan el primero de noviembre y otro para los adultos que llegan el dos. No los mezcla. Siga derecho hasta aquel árbol grande y luego dé vuelta a la izquierda. Va a encontrar una casita con muchos árboles alrededor. Dígale que yo lo mandé porque es medio desconfiada.

Memoricé las instrucciones y seguí caminando acompañado por Martín, uncamarógrafo de esos que parecen conocer todas las colonias de la ciudad.

Mientras avanzábamos por aquellas calles polvorientas empecé a notar un aroma suave a rosas. Era extraño porque aparecía por momentos y luego parecía desvanecerse. Más adelante volvía a percibirse. Martín también lo notó, aunque ninguno de los dos le dio mayor importancia. Seguimos caminando hasta encontrar la casa que nos habían descrito.

Era pequeña y estaba rodeada de árboles.

Ni siquiera tuvimos que llamar.

Doña Chole se encontraba en el patio terminando los preparativos de sus altares.

Me presenté, le expliqué quién era y le conté que estaba haciendo un reportaje sobre el Día de Muertos.

—Claro, pasen —respondió—. Mis muertos van a estar muy contentos de que su altar salga en la televisión. Hasta se van a reír.

Todavía recuerdo aquella sonrisa.

Doña Chole debía rondar los setenta y cinco años. Llevaba una larga trenza blanca que le caía sobre la espalda y tenía un rostro sereno, curtido por los años pero sin asperezas. Se movía entre las veladoras con una familiaridad que hacía pensar que llevaba toda la vida repitiendo aquellos mismos movimientos.

El altar de los adultos ya estaba terminado.

Una Cantrina durante el desfile conmemorativo del Día de los Muertos en Ciudad de México. (Foto: Norma de la Vega)

En uno de los niveles había botellas de tequila, mezcal, pulque, aguardiente y refrescos. Más abajo descansaban platos de mole con pollo, quesadillas, tacos dorados, dulces y pan de muerto. Arriba estaban las fotografías de don Pablo, su abuelo; de Joaquín, su esposo; y de Pedro, su hijo.

Pedro había muerto apenas un año antes.

Entre las fotografías había cartas escritas por familiares, pequeñas notas que hablaban de cumpleaños, recuerdos y noticias que no habían podido compartirse en vida.

Por aquellos años yo me consideraba bastante escéptico. Los altares me parecían una tradición hermosa, pero los entendía únicamente como una manifestación cultural. Mientras observaba toda aquella comida colocada frente a las fotografías terminé haciendo una pregunta que hoy probablemente no haría.

—¿Y no le parece un desperdicio poner toda esta comida aquí?

Doña Chole levantó la vista.

No parecía ofendida. Tampoco sorprendida.

Más bien tenía la expresión de quien está escuchando una duda que conoce de memoria.

—No entiendes nada.

Lo dijo sin dureza.

Después siguió acomodando unas tiras de papel picado.

—Los muertos vienen porque saben que aquí los estamos esperando. Les gusta encontrar las cosas que les gustaban cuando estaban vivos. Vienen a acompañarnos.

Le pregunté cómo podía estar tan segura.

—Porque se hacen presentes.

Luego añadió:

—A veces llegan con el viento. Otras veces llegan con la lluvia. Y muchas veces llegan como colibríes.

Lo dijo como quien habla de algo cotidiano.

Yo estaba buscando otra pregunta cuando ella interrumpió la conversación y volteó hacia la Esquina del altar.

—Mira, ya vestán aquí.

Seguí la dirección de su mirada.

Entre el papel picado aparecieron varios colibríes. Revoloteaban de un lado a otro del patio y parecían moverse alrededor de ella con una confianza que me llamó la atención. Doña Chole los observaba sonriente.

—Aquí está la comida —les decía—. Aquí los estamos esperando.

La escena no duró mucho tiempo, pero tampoco fue un instante. Alcanzó para que Martín y yo dejáramos de tomar notas y nos quedáramos observando.

Hablaba con ellos con una naturalidad que resultaba imposible ignorar. No parecía alguien alimentando una superstición, sino una mujer convencida de que estaba recibiendo la visita de un ser querido.

Day of the Dead celebration in Logan Heights on October 26, 2025. (Photo courtesy Adrian Childress/Times of San Diego)
Celebración del Día de Muertos en Logan Heights el 26 de octubre de 2025. (Foto cortesía de Adrian Childress/Times of San Diego).

El papel picado se movía con la brisa. Las veladoras seguían encendidas. Y el aroma a rosas que habíamos percibido varias calles atrás seguía presente, aunque nunca encontré rosales en aquella casa ni rosas en los altares.

No recuerdo cuánto tiempo pasamos en aquel patio.

Lo que sí recuerdo es la forma en que doña Chole hablaba de sus muertos. Nunca los mencionaba como si pertenecieran únicamente al pasado. Los nombraba igual que quien habla de un hijo que vive lejos o de un familiar que está por llegar.

Mientras recorríamos el altar me contó historias de su abuelo, de su esposo y de Pedro. Corregía una flor, enderezaba una fotografía y seguía conversando. No había solemnidad en sus palabras. Había cariño y una costumbre cultivada durante muchos años.

Yo había llegado a la colonia Obrera buscando un reportaje sobre el Día de Muertos en una ciudad donde Halloween parecía ganar terreno cada año. Lo que encontré fue a una mujer que preparaba comida para sus muertos, les hablaba como si siguieran formando parte de la vida diaria de la casa y estaba completamente convencida de que cada noviembre regresaban a visitarla.

Los colibríes siguieron apareciendo algunos minutos más.

Yo seguía sin saber qué pensar.

Al final obtuvimos la entrevista, las fotografías y el material que habíamos ido a buscar. Sin embargo, durante el camino de regreso seguí dándole vueltas a una pregunta que nunca terminé de responder: por qué una mujer tan sensata estaba tan segura de que sus muertos volvían cada noviembre.

Han pasado muchos años desde aquella tarde.

No sé qué fue de la casa ni de los árboles que la rodeaban. Tampoco sé si alguien sigue levantando aquellos altares en la colonia Obrera o si los colibríes continúan apareciendo cada octubre y noviembre entre aquellas ramas.

Lo que sí recuerdo con claridad es el aroma a rosas que nos acompañó varias calles antes de llegar, los platos de mole esperando sobre la mesa y a doña Chole saludando a aquellas pequeñas aves como si de verdad estuviera recibiendo visitas.

Yo había llegado pensando que estaba documentando una tradición.

Para doña Chole, en cambio, aquellos días no tenían que ver con tradiciones ni ceremonias. Estaba esperando la visita de su familia.

Todavía puedo verla sonreír entre las veladoras y el papel picado mientras extendía la mano hacia los colibríes.

—Aquí está la comida. Aquí los estamos esperando.

No me cabe duda que ahora la propia Chole vendrá a visitar a sus vivos quienes le colocarán en el altar los panes de muerto que tanto le gustaban.

Alejandro Maciel is the bilingual audience producer and reporter for Tiempos de San Diego and a binational journalist whose career has unfolded in newsrooms and communities on both sides of the border....