
Hace unos días, un grupo de amigos y yo hablábamos del Mes de la Herencia Hispana, que comienza a celebrarse el 15 de septiembre. En algún momento de la conversación, alguien lanzó una pregunta aparentemente sencilla: ¿cómo nos identificamos?, ¿como latinos, hispanos o latinx?
Las respuestas fueron tan variadas como predecibles. Algunos dijeron que les gustaba el término “latino”; otros dijeron que “hispano” estaba bien. Hubo quien rechazó ambos términos y se presentó simplemente como mexicano, salvadoreño, colombiano o puertorriqueño. Nadie parecía completamente satisfecho con ninguna de las etiquetas, pero todos coincidíamos en algo: antes que cualquier categoría creada en Washington, en los medios de comunicación o en las universidades, estaba el gentilicio nacional.
La conversación derivó entonces, casi inevitablemente, en una discusión más profunda sobre quién decide cómo debemos llamarnos. Porque detrás de cada una de estas palabras existe una historia que rara vez aparece en los formularios del gobierno, en las campañas publicitarias o en los discursos políticos. No son términos neutros. Son etiquetas construidas en distintos momentos históricos, por diferentes actores y con propósitos específicos.
Para tratar de entender la polémica, vale la pena regresar al origen de los tres vocablos.
Debemos decir desde el principio que ninguno de ellos nació de manera espontánea entre las comunidades a las que pretende describir. Los tres, por inocentes que parezcan, tienen una carga política, cultural e histórica.
La categoría hispano
El término hispano es probablemente el más antiguo de los tres. Su raíz se encuentra en Hispania, el nombre que los romanos dieron a la península ibérica hace más de dos mil años. Sin embargo, su uso moderno en Estados Unidos es relativamente reciente. Durante décadas, el gobierno federal utilizó categorías dispersas para clasificar a las personas de origen mexicano, puertorriqueño, cubano y latinoamericano. No fue sino hasta los años setenta cuando Washington adoptó oficialmente la palabra “Hispanic” para agrupar a una población diversa bajo una misma clasificación estadística.
La elección no fue casual. “Hispano” enfatiza el vínculo con el idioma español y, por extensión, con la herencia cultural de España. Para algunos, el término resulta práctico porque ofrece una identidad compartida basada en la lengua. Para otros, representa una visión incompleta. Después de todo, define a millones de personas a partir de la experiencia colonial española, dejando en segundo plano las raíces indígenas, africanas y mestizas que forman gran parte de América Latina.
¿Entonces somos latinos?
En parte como reacción a esa limitación surgió el término latino. Aunque la expresión tiene antecedentes en el siglo XIX, comenzó a ganar fuerza en Estados Unidos durante las décadas de 1980 y 1990. La palabra desplazaba el énfasis desde España hacia América Latina. Un brasileño, por ejemplo, podía considerarse latino aunque no hablara español. La identidad pasaba a construirse alrededor de una región geográfica y cultural, no exclusivamente de un idioma.
Sin embargo, tampoco el concepto estaba exento de problemas. Agrupar bajo una misma etiqueta a un inmigrante argentino de Buenos Aires, a una familia mixteca de Oaxaca, a un cubano de Miami o a un afrocolombiano de Cali implicaba ignorar diferencias enormes de historia, raza, clase social y experiencia migratoria. Con el tiempo, “latino” se convirtió en una categoría útil para la política y el mercado, aunque muchas veces insuficiente para describir la realidad.
La llegada del lenguaje inclusivo
Luego apareció latinx.
La palabra comenzó a circular en ambientes académicos y activistas a principios del siglo XXI. Su propósito era ofrecer una alternativa de lenguaje inclusivo que evitara la distinción de género implícita en “latino” y “latina”. La letra “x” pretendía incluir a personas no binarias y cuestionar las estructuras tradicionales del idioma.
Lo que siguió fue una de las discusiones culturales más intensas de los últimos años dentro de las comunidades de origen latinoamericano en Estados Unidos. Sus defensores la consideran una evolución natural del lenguaje y una herramienta de inclusión. Sus críticos argumentan que se trata de un término difícil de pronunciar en español, alejado del habla cotidiana y promovido principalmente desde espacios universitarios y políticos.
Las encuestas muestran que la mayoría de las personas a las que supuestamente describe la palabra no la utiliza. Aun así, el debate ha dejado al descubierto una pregunta más amplia: quién tiene autoridad para nombrar a una comunidad tan diversa.
Quizá por eso la conversación con mis amigos terminó donde había comenzado. Entre hispanos, latinos y latinx había desacuerdos. Pero cuando alguien preguntó de nuevo quiénes éramos, nadie respondió con una etiqueta burocrática. Dijeron mexicano. Guatemalteca. Dominicana. Peruano. Chicana. Boricua.
Tal vez ahí se encuentra la paradoja de estas palabras. Nacieron para unir identidades distintas bajo una misma categoría. Pero cuanto más se examinan, más evidente se vuelve que ninguna consigue abarcar toda la complejidad de quienes intenta definir.
Porque antes de ser hispanos, latinos o latinx, la mayoría seguimos siendo algo más concreto, más antiguo y, probablemente, más difícil de encasillar: el lugar de donde venimos y la historia que llevamos con nosotros.






