Anders Dreyer celebrates for San Diego FC with both hands raised in the air, wearing an SDFC black jersey and rainbow accents on the sides.
El mediocampista de San Diego FC, Anders Dreyer, celebra haber derrotado a Minnesota United en la semifinal de la Conferencia Oeste de la MLS el lunes en el Snapdragon Stadium. (Foto de Denis Poroy/AP Photo)

Hace seis años, en San Antonio, Texas, conocí a un viejito colombiano. Trabajaba haciendo herrería. Manos callosas, dedos torcidos, la mirada limpia de los que ya no necesitan demostrar nada.

Un día me llevó a su casa. Era grande, de clase media alta. La esposa ya había muerto. Él vivía solo. Y en medio de esa casa grande, vacía, había puesto una biblioteca. No por adorno. Porque los libros eran sus compañeros.

Ese día me mostró su colección. Libros de la colección “Biblioteca de la Universidad” de la editorial Clarín. Vargas Llosa. Sábato. Borges. Y entre ellos, uno delgado, de tapas blandas, que me entregó con una sonrisa.

—Este te lo regalo —dijo—. También estos otros.

No entendía por qué. No éramos familia. Ni del mismo país. Pero él me miró, vio mis manos, vio mis ganas, y supo que esos libros iban a estar bien conmigo. Sabía que se iba a morir. Quería que sus libros estuvieran en manos que los cuidaran.

Cuando llegué a mi casa y los abrí, me di cuenta de lo que realmente me había regalado. No eran libros usados cualesquiera. Tenían dedicatorias. Palabras escritas a mano por los autores. Galeano. Sábato. Vargas Llosa. Borges. No sé cómo llegaron a sus manos. Pero ahí estaban. Eran tesoros.

Al poco tiempo, Frank murió.

El libro se llamaba El fútbol a sol y sombra, de Eduardo Galeano. Una recopilación publicada en 2002 que reúne el libro original de 1995 y otros artículos posteriores.

Galeano empieza con una confesión:

“Todos los uruguayos nacemos gritando gol. Yo quise ser jugador de futbol como todos los niños uruguayos. La pelota y yo nunca pudimos entendernos, fue un caso de amor no correspondido.”

No escribe desde arriba. Escribe desde el barro.

El corazón del libro está en el primer capítulo:

“La historia del futbol es un triste viaje del placer al deber. A medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí.”

Eso lo escribió en 1995. Sigue:

“Por suerte todavía aparece en las canchas algún descarado carasucia que se sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival, por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad.”

Galeano también cuenta historias de guerra y futbol. Una me quedó grabada:

“En el verano de 1916, un capitán inglés se lanzó al asalto pateando una pelota. Su regimiento, que vacilaba, lo siguió. El capitán murió, pero Inglaterra conquistó aquella tierra de nadie”.

Y otra, más terrible:

“Un monumento recuerda, en Ucrania, a los jugadores del Dínamo de Kiev de 1942. Derrotaron a una selección de Hitler. Les habían advertido: ‘Si ganan, mueren’. No pudieron aguantarse las ganas de ser dignos. Los once fueron fusilados con las camisetas puestas”.

Cuando leo a Galeano, me acuerdo del herrero. Porque él también era un artesano. Trabajaba el hierro con las manos, como Galeano trabajaba las palabras.

El herrero me regaló esos libros porque sabía que mis manos iban a estar bien. Quizás vio las manos callosas de alguien que también trabaja. Quizás la mirada de alguien que entiende que la cultura no es solo para los que tienen estudios.

El caso es que esos libros están conmigo. Y este, el de Galeano, lo he leído varias veces. En el camión, yendo a la obra. En la madrugada, cuando no puedo dormir.

El herrero murió hace unos años. Los libros que me regaló están en un estante, bien cuidados. Y cada vez que los abro, lo recuerdo a él.

Por eso este libro es un regalo que no se devuelve. Como el que me hizo el herrero. Como el que cualquier obrero que entiende la belleza del oficio puede hacer.

El futbol sigue siendo, a pesar de todo, un juego. Y mientras haya un niño gambeteando una naranja en un pasillo angosto, o un viejito colombiano regalando libros en San Antonio, o un periodista de obra escribiendo desde la madrugada, la esperanza no se pierde.

Porque, como decía Galeano, la pelota no se mancha. La manchan los que la venden.

Fuente: El fútbol a sol y sombra, de Eduardo Galeano (Ediciones P/L@, 2002). Un libro me enseñó que el fútbol es un viaje del placer al deber