“Aprendo de mis pasos, entiendo en mi caminar”.

Esa frase no es solo el estribillo de una canción. Es la brújula con la que Julieta Venegas recorre sus recuerdos para entender cómo se convirtió en quien es.

Pero no empieza ahí. Empieza en Tijuana, en una casa con un piano que su padre puso a su alcance sin saber que le estaba dando un territorio. Empieza en una ciudad fronteriza que le enseñó a escuchar antes de aprender a tocar. Empieza en el momento en que una niña aún no sabía que iba a ser Julieta Venegas, pero ya estaba aprendiendo a caminar sobre sus propios pasos.

Norteña. Memorias del comienzo es un álbum de fotografías. De esas que no se enseñan, se guardan. De las que solo se miran cuando ya has vivido suficiente para entender lo que ves.

No hay una narradora externa que ordene la vida de Julieta ni una mirada periodística que intente explicar desde fuera el origen de sus canciones. Es ella quien abre el álbum de sus recuerdos y decide qué imágenes conservar: el padre, la madre, la hermana gemela, el piano, Tijuana, las primeras bandas, el teatro, los amores, el acordeón y la mudanza a la Ciudad de México.

Su voz le da a la memoria una autoridad emocional. Escuchamos no solo lo que ocurrió, sino la forma en que ella vuelve a mirarlo desde el presente. La voz de Venegas acaricia esos episodios, les devuelve una temperatura y permite que el pasado deje de ser una serie de datos biográficos para convertirse en una experiencia todavía viva.

El álbum de fotografías

La imagen de un álbum antiguo de fotografías resulta adecuada para leer Norteña. En un álbum no aparecen todos los días, sino aquellos momentos que alguien decidió guardar porque con el tiempo adquirieron un significado especial. Cada capítulo funciona como una fotografía: una escena familiar, una conversación, un encuentro, una canción, una ciudad. Solo al mirar todas las imágenes juntas aparece el retrato completo.

El primer gran personaje del libro es Tijuana. La ciudad no está ahí únicamente como el lugar que Julieta tuvo que abandonar para perseguir una carrera. Tijuana es el territorio que formó su manera de escuchar. Es la frontera, la familia, la cercanía con Estados Unidos, la música mexicana, el rock, la adolescencia y una vida acostumbrada a convivir con dos culturas sin pertenecer por completo a una sola.

También está su hermana gemela, Yvonne, como una presencia paralela. Mientras Julieta comienza a alejarse, Yvonne permanece ligada a Tijuana, convertida en una especie de espejo que conserva algo del lugar de origen. Por eso la partida no es definitiva. Julieta se va, pero la ciudad continúa dentro de ella a través de su familia, sus recuerdos y los sonidos que aprendió a reconocer allí.

El piano y el padre

En la escena de la despedida con su padre aparece una de las tensiones más importantes del libro: la pregunta sobre para qué se va y, al mismo tiempo, para qué quedarse. Julieta no abandona Tijuana porque la ciudad no le haya dado nada. Se marcha porque ya ha recibido de ella los elementos necesarios para imaginar otra vida.

La relación con su padre tiene una complejidad que impide convertirlo en un simple antagonista. Su madre fue una de sus grandes inspiraciones musicales, pero su padre fue quien puso el piano a su alcance y le permitió disponer de él con una libertad poco común. Julieta podía tocar cuando quisiera, ensayar durante horas y quedarse allí explorando un talento que todavía no sabía hacia dónde la conduciría.

Ese piano se convirtió en una habitación dentro de la casa. Era un espacio donde podía concentrarse en el arte y, quizá también, apartarse por un momento de las tareas rutinarias de la vida doméstica. El padre representaba la autoridad y las expectativas familiares, pero también fue quien le ofreció el instrumento y el tiempo para desarrollar una vocación. Antes de aprender a irse, Julieta aprendió a quedarse frente un piano.

El acordeón como revelación

La música que la rodeaba tampoco provenía de una sola tradición. Tom Waits, Los Lobos y Los Tigres del Norte la acercaron al acordeón por su sonido festivo, pero también por todo lo que el instrumento podía contener: la frontera, el baile, la calle, la música popular y una cierta teatralidad. En Los Tigres del Norte encontró la potencia de la música norteña; en Los Lobos, el cruce entre el rock y las raíces mexicanas; en Tom Waits, una dimensión más áspera, extraña y escénica.

El acordeón no llegó a Venegas como una herencia que debía recuperar, sino como una revelación sonora. No buscaba representar una identidad fija. Buscaba un timbre capaz de reunir los mundos que ya formaban parte de su experiencia.

Las bandas y la primera despedida

Antes de ser solista, tuvo que pasar por las bandas. Alejandro Zúñiga la invitó a tocar con Chantaje, el grupo que después daría origen a Tijuana No! Allí Julieta dejó atrás el lugar más protegido del piano y entró en el territorio del rock, el ska y la música colectiva. También comenzó a escribir canciones.

Entre esas primeras composiciones estuvo “Pobre de ti”, escrita junto con Álex Zúñiga. La historia de la canción, sin embargo, no le pertenece únicamente a Julieta. Cecilia Bastida fue fundamental para la versión que conocemos y Tijuana No! terminó convirtiéndola en parte de su propia identidad. “Pobre de ti” nació de una colaboración, pero se volvió una canción de la banda cuando fue incorporada a su voz y a su sonido.

La relación de Venegas con Tijuana No! es una de las paradojas más interesantes del libro. Su paso por el grupo fue breve, pero dejó allí una de sus canciones más recordadas. Cuando la banda comenzó a consolidarse, Julieta decidió retirarse porque sentía que necesitaba escribir desde un lugar más personal. No se fue porque el proyecto estuviera fracasando, sino porque no quería quedar atada a una identidad política y colectiva que ya no correspondía por completo con lo que buscaba expresar.

Su primer gesto de independencia artística, entonces, no fue la publicación de un disco. Fue la decisión de abandonar una banda que estaba funcionando.

El teatro y la Ciudad de México

Después vendrían el teatro, la búsqueda de músicos, la incertidumbre y la Ciudad de México. La capital no le entregó de inmediato una carrera. Al principio tuvo que dar clases de inglés, buscar colaboradores, pegar carteles y formar proyectos que no siempre llegaron muy lejos. La ciudad fue menos una meta que una red de encuentros.

La experiencia teatral es una de las revelaciones más interesantes del libro. En 1992, Venegas musicalizó Sirenas de Corazón, de Edward Coward, y participó con la obra en la Muestra Nacional de Teatro en Monterrey. Ese episodio amplía la imagen de la cantante que conocemos. Antes de construir una carrera discográfica, Julieta ya estaba pensando en la música como atmósfera, escena, movimiento y acompañamiento de una historia.

En la Ciudad de México aparecería también Joselo, integrante de Café Tacvba. Fue un interlocutor musical y una puerta de entrada hacia otras posibilidades. La animó a comprar el acordeón, la impulsó a grabar sus canciones y la acercó a Gustavo Santaolalla.

El encuentro con Santaolalla

Santaolalla no aparece como un productor que descubre a una artista completamente formada. Su papel es más interesante: escucha una posibilidad y, al mismo tiempo, le exige convertirla en obra. Julieta comienza a enviarle música y recibe una observación decisiva: todavía le faltan composiciones. Ya existe un sonido, pero aún no hay un repertorio suficiente para sostener un proyecto solista.

“De mis pasos”

La escena más hermosa del libro ocurre en la pequeña casa donde vivía. Julieta practica el acordeón sobre una base rítmica programada. Los bajos del instrumento llenan la habitación y, sobre esa combinación todavía precaria, nace “De mis pasos”. No nace todavía una carrera. Nace una posibilidad.

Hasta ese momento, Venegas había buscado bandas, músicos y proyectos colectivos. Pero aquella composición le permite imaginar una forma distinta de hacer música: una que puede comenzar en soledad y encontrar compañía después. “De mis pasos” no es solamente una canción de Aquí, su primer disco solista, publicado en 1997. Es la canción en la que empieza a escucharse como alguien capaz de acompañarse a sí misma.

Por eso su estribillo funciona como la poética del libro: “Aprendo de mis pasos, entiendo en mi caminar”. Julieta no parece haber sabido de antemano quién quería ser. Lo fue entendiendo mientras se separaba: del piano, de una banda, de una ciudad, de ciertos amores y de la necesidad de encontrar siempre a otros músicos para poder hacer música.

La constelación afectiva

Las personas que aparecen en Norteña forman una constelación afectiva. Sus padres son el origen, la disciplina y el permiso; su hermana gemela es el espejo; Cecilia Bastida representa la continuidad de una historia compartida; Joselo es complicidad y puente; Santaolalla es escucha y exigencia. Lynn Fainchtein, supervisora y productora musical vinculada al cine y la televisión, pertenece a esa red de personas capaces de reconocer la música de otros y darle un contexto.

También están su hija y los amores del pasado. Estos últimos no aparecen como una lista de conquistas ni como material de chisme, sino como parte de una reflexión sobre la huida. Julieta reconoce que muchas veces escapaba de sus relaciones y que quizá es mejor conservar a ciertas personas en la memoria que aferrarse a ellas cuando ya no forman parte del presente.

Esa idea también explica su trayectoria. Venegas ha vivido avanzando, dejando atrás ciudades, bandas, proyectos y relaciones, pero no necesariamente borrándolos. Los convierte en memoria y después en canciones. Marcharse no significa negar lo vivido; significa encontrarle otro lugar.

El veredicto

Si algo puede reprochársele al libro es que su brevedad deja algunos episodios apenas insinuados. Hay personas y experiencias que parecen merecer una historia más extensa. Pero esa incompletud también corresponde a su forma. Norteña no quiere ser una enciclopedia personal, sino un álbum. Y un álbum no conserva todos los días: conserva aquellos momentos que, vistos desde el futuro, adquieren una luz distinta.

Al cerrar el libro queda la sensación de haber contemplado las primeras fotografías de una artista que todavía no sabía que estaba construyendo una obra. Julieta Venegas no encontró su voz cuando llegó a la Ciudad de México ni cuando publicó Aquí. La encontró poco a poco, mientras aprendía a irse, a escuchar y a convertir cada despedida en una posibilidad.

El piano le dio un lugar para comenzar. Tijuana le dio una forma de escuchar. Tijuana No! le dio una primera comunidad y una primera canción. El teatro le amplió la idea de composición. La Ciudad de México le dio encuentros. El acordeón le dio un sonido. “De mis pasos” le dio una dirección.

Julieta Venegas no encontró su voz de una sola vez. La fue entendiendo mientras caminaba.

Norteña. Memorias del comienzo (2026). Autora: Julieta Venegas. 224 páginas. Acompañado del disco homónimo. Disponible en librerías.