Agentes de ICE con la cara cubierta durante un operativo en el área de San Diego. (Foto: Times of San Diego)

Hace unas semanas escuché la replica de un agente de ICE a los señalamientos de estar destruyendo familias trabajadoras cuyo único delito fue haber venido a Estados Unidos en busca de una vida mejor. El agente aseguraba con toda frialdad frente a la cámara que lo captaba: “Yo solo estoy haciendo mi trabajo, solo cumplo órdenes”.

La respuesta me quedó dando vueltas en la cabeza por varios días y me hizo recordar la teoría de la banalidad del mal.

¿La conocen?

La teoría surgió de las observaciones de la periodista Hannah Arendt que fue a cubrir el juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén, en 1961. Eichmann había sido una de las piezas más importantes en la maquinaria nazi que organizó la deportación de millones de judíos hacia los campos de exterminio.

Arendt acudió esperando encontrarse con un personaje siniestro, casi casi el diablo encarnado. Lo que vio en cambio, fue algo más desconcertante: un hombre ordinario y gris, un funcionario que se presentaba como alguien que simplemente había cumplido con las tareas que le asignaron.

Eichmann no se describía como un ideólogo ni como un arquitecto de la barbarie nazi. Se describía como un empleado más, como un burócrata de carrera.

Esa imagen sin duda desconcierta.

En general tendemos a pensar que las grandes atrocidades que se han cometido a lo largo de la historia son obra de individuos excepcionalmente malos y diabólicos, separados del resto de los humanos por una especie de oscuridad evidente. Es una idea que la tranquiliza a las buenas conciencias, ya que nos permite marcar una distancia psicológica “entre ellos y nosotros”.

Pero Arendt llegó a una conclusion demoledora: el problema no es la maldad de las acciones, sino la renuncia a pensar por cuenta propia.

Cada vez que regreso a esa idea me hago la misma pregunta: ¿en qué momento una persona deja de sentirse responsable de lo que hace?

No es una cuestión exclusiva de los regímenes totalitarios ni de las páginas más oscuras de la historia. Es una pregunta que aparece una y otra vez en la vida pública.

La explicación casi siempre es muy parecida.

“Yo no lo decidí”.

“Yo solo seguía órdenes”

“Estoy haciendo mi trabajo”.

Resulta difícil encontrar un momento en que esas frases no hayan servido como excusa.

Ukrainian troops fire howitzer
Militares ucranianos disparan un obús contra tropas rusas desde una posición en la línea del frente de la región de Donetsk. REUTERS/Sofiia Gatilova.

Por supuesto, nadie actúa aislado. Las instituciones funcionan mediante jerarquías. Las órdenes existen. Los reglamentos existen. Los gobiernos toman decisiones que luego otras personas ejecutan. Esa parte es innegable.

Lo que no siempre resulta tan claro es dónde termina la obediencia y dónde comienza la responsabilidad.

Después de la Segunda Guerra Mundial, los tribunales de Núremberg tuvieron que enfrentarse precisamente a ese dilema. Si obedecer bastara para borrar cualquier culpa, la responsabilidad subiría de escalón en escalón hasta desaparecer. Siempre habría alguien más arriba a quien señalar.

Sin embargo, la experiencia demostró que las cosas no funcionan de esa manera. Llega un punto en que cada persona tiene que responder por sus propios actos.

Pienso en eso cuando observo algunos debates actuales sobre inmigración en Estados Unidos.

No se trata de comparar situaciones históricas distintas ni de forzar paralelismos. Se trata de una pregunta más sencilla. Cuando una política genera consecuencias humanas evidentes, ¿cuánta responsabilidad corresponde a quien la diseñó y cuánta a quien la ejecuta?

Escucho con frecuencia que los funcionarios solo aplican normas aprobadas por autoridades legítimas. Seguramente es cierto. Pero la legalidad y la responsabilidad moral nunca han sido exactamente lo mismo.

La historia tiene numerosos ejemplos.

Durante mucho tiempo la esclavitud fue legal. También lo fueron buena parte de las leyes que sostuvieron la segregación racial. Hubo gobiernos que persiguieron grupos enteros utilizando mecanismos perfectamente válidos desde el punto de vista jurídico. Quienes participaban en esos sistemas rara vez se veían a sí mismos como personas injustas. Eran funcionarios, policías, jueces o empleados convencidos de que cumplían con una obligación.

Visto desde el presente, ese razonamiento resulta difícil de aceptar. Sin embargo, en su momento fue suficiente para tranquilizar muchas conciencias.

Es ahí donde está la enseñanza de Arendt.

La maldad no está sólo en los grandes discursos que ofrecen encumbrados politicos ni en los ejemplos extremos que temenos la desdicha de observer casi todos los días, sino en algo mucho más cotidiano.

La capacidad de acostumbrarnos

Las sociedades se adaptan con una facilidad sorprendente a situaciones que en otro contexto habrían parecido inaceptables. Lo excepcional acaba integrándose en la rutina. Las dudas se vuelven costumbre. Y, poco a poco, dejamos de formular ciertas preguntas.

No me refiero a debates académicos sino a algo bastante más simple.

¿A quién afecta esta decisión? ¿Quién cargará con las consecuencias? ¿Hay algo que debería incomodarme aunque el reglamento diga que estoy actuando correctamente?

Ninguna ley puede responder esas preguntas por nosotros.

Al final, la idea de la banalidad del mal sigue vigente porque no habla únicamente de dictadores, burócratas o episodios lejanos. Habla de una tentación muy humana: la de delegar el juicio moral en otra persona y convencernos de que eso nos libera de toda responsabilidad.

La historia nos dice lo contrario.

Una orden puede explicar por qué alguien actuó de determinada manera. Puede ayudar a entender el contexto. Pero nunca sustituye la obligación de preguntarse si aquello que se está haciendo es correcto. Esa es una advertencia a todos aquellos que se escudan en el “deber”, para no reconocer la gravedad de sus actos.

Alejandro Maciel is the bilingual audience producer and reporter for Tiempos de San Diego and a binational journalist whose career has unfolded in newsrooms and communities on both sides of the border....