Tom Cruise interpretando a Digger Rockwell en la película de Alejandro González Iñárritu. (Foto: AP)

Llevo semanas cavando. Escarbé en taquillas, reseñas, tuits, grupos de fans donde se pelean por una película que la mayoría ni ha visto, entrevistas, cuarenta años de decisiones raras. Y en el fondo del hoyo me encontré una imagen que no me puedo sacar de la cabeza.

No es la taquilla. Es Tom Cruise convertido en Digger Rockwell, sentado en su dormitorio barroco, con panza de prótesis, canas de maquillaje, un acento texano, acariciando a una gata moribunda mientras el mundo se desmorona allá afuera. Lo he visto colgado de un avión, salvando al mundo en cada Misión Imposible. Nunca lo había visto así: aceptó ponerse feo, engordar, que Iñárritu le dijera cómo se ve la decadencia del poder.

Y aceptó, sobre todo, cavar. Eso hace su personaje: perfora la tierra, extrae lo que hay debajo, convierte el subsuelo en dinero. Digger no es un nombre. Es un verbo conjugado en primera persona.

Iñárritu también venía cavando en otro terreno. Venía de Bardo y de nueve años intentando levantar un proyecto que se cayó tres veces: un acto de fe nacido de la preocupación climática de la dramaturga mexicana Sabina Berman, coguionista del filme. Warner leyó el guion, sin certezas comerciales, y decidió financiarlo.

Eso no pasa todos los días. Warner puso entre 160 y 180 millones. Primer fin de semana: 8 en Estados Unidos, 20 en el mundo. El peor estreno de Cruise en 19 años, con pérdidas de cientos de millones. Si me quedo con esos números, hago lo que critico: medir la película con el termómetro de los estudios. Ese termómetro está roto: mide dinero, no mide otra cosa.

Su filmografía es un mapa de las ambiciones más grandes del cine: Scott, Scorsese, PTA en Magnolia, Kubrick, Spielberg.

Con directores de autor busca romper el molde de la estrella de acción. Digger no es una anomalía: es la culminación de una estrategia de cuatro décadas. Cruise le pidió a Iñárritu que le leyera el guion en voz alta antes de aceptar. No aceptó por dinero. Aceptó porque el personaje le habló.

Ronda el 50% en Rotten Tomatoes. La destrozaron Rooney (THR), Bradshaw (The Guardian) y Gleiberman (Variety). La defendieron Del Toro y Cuarón.

Hasta la campaña vendía la pelea: Decide for yourself, citas enfrentadas como invitación. La división no fue un accidente: fue el plan. La división no es de calidad. Es de expectativas: quien fue a ver a Cruise salvando al mundo se encontró con un magnate que se caga en el mundo; quien fue por el Iñárritu de Birdman se encontró con una sátira que se ríe de sí misma.

“Prefiero una recepción polarizada a una tibia”, dijo. Y: “La película no es perfecta. Pero me gusta correr riesgos”.

Lo que casi nadie dice: no es una película sobre el cambio climático. Es sobre cómo nos contamos historias para no cambiar nada. Digger provoca una catástrofe y lo primero que hace es controlar la narrativa; el presidente de Goodman hace lo mismo.

Y la realidad se encargó de darle la razón al guion: la perforación en Groenlandia se imaginó en 2017, Trump propuso comprar Groenlandia en 2019, y la escalada llegó en 2025, con la película en rodaje.

La ficción no predijo el futuro. El futuro la alcanzó.

La película, además, se pliega sobre sí misma y termina mirando al espectador de frente, sin avisar. El guion original se llamaba Blah, Blah, Blah. Ese título lo dice todo: la lengua puede ser puente hacia la realidad o arma para destruirla.

Megalópolis: 120 del bolsillo de Coppola, 14 recaudados.

Digger: 160-180 de Warner, 20 recaudados.

Dos directores en la cima contra la misma pared: hay una desconexión entre lo que los grandes quieren hacer y lo que el público paga por ver.

“Esto no es como un helado”, dijo Iñárritu.

No es Top Gun. Es un artefacto que exige algo del espectador.

Bardo fue el aviso: Iñárritu mirándose al espejo. Amores Perros, 21 Gramos y Babel eran sobre el otro. Bardo y Digger son Iñárritu mirándose a sí mismo. Eso no las invalida. Las vuelve crípticas.

Ya la vi. Y no vengo a alistarme en ningún bando: ni con los que la quieren linchar ni con los que la quieren canonizar. Lo que vi es una película incómoda a propósito: grotesca, desmesurada, a ratos brillante y a ratos exasperante, y esa inestabilidad es el punto, no el accidente.

Cruise está irreconocible, sepultado en prótesis y en un acento que parece inventado por él mismo; Lubezki filma el exceso como si fuera liturgia. Es imperfecta, Iñárritu mismo lo admite, y es exactamente lo que se propuso ser: una máquina de dividir.

El truco es que funciona al revés de lo que promete: nos tiene a todos discutiendo sobre la película en lugar de discutir sobre el mundo que la película describe.

Y esa, carajo, es la tesis comprobada en tiempo real.

“Esta película es una película de desastres, pero el desastre somos nosotros”.

Cruise-Digger en su habitación barroca, con su gata moribunda. La cámara se aleja, el público aplaude, las luces se encienden. Y afuera el mundo sigue igual de roto.

Pero hay una capa más: esa imagen ya es también la de nosotros.

Los que la defendemos.

Los que la atacamos.

El hoyo se hizo tan grande que ya no sé si cavo en la película o en mí mismo. Porque todo esto, la película, la crítica, la taquilla, los memes, este texto, es una conversación sobre dónde estamos en la narrativa.

Y la narrativa la escribimos entre todos.

Ficha: Digger (EU, 2026). Dir: Alejandro González Iñárritu. 128 min. Con Tom Cruise, Sandra Hüller, John Goodman, Riz Ahmed. Foto: Emmanuel Lubezki. Música: Cosmo Sheldrake. Warner Bros.

Si te gusta… Birdman, Bardo, Dr. Strangelove, Brazil, Petróleo sangriento, Megalópolis.

Y un ejercicio: vean Birdman después de Digger y vean lo que pasa.

Gente a la que no le gusta el teatro: abstenerse.