Piero Antonio Franco De Benedictis murió el miércoles 7 de octubre de 2026, a los 81 años. (Foto: Archivo)

Con Piero me pasa algo muy especial desde que era un chico. En los ochenta, yo escuchaba a Piero en casa, siempre por influencia de mi hermano Orfanel, el mayor. Nosotros vivíamos en Zihuatanejo, Guerrero. Él estudiaba en Chilpancingo, la capital del estado.

Eran meses los que se pasaba fuera, lejos de la casa. Y cuando regresaba, llegaba con esas aportaciones musicales que se volvían el soundtrack familiar: Piero, Leonardo Favio, Palito Ortega, Leo Dan, Los Iracundos, Los Pasteles Verdes, Los Ángeles Negros, Los Muecas, Julio Jaramillo, Juan Gabriel, Rigo Tovar.

Me las traía a mí principalmente, porque sabía que yo siempre andaba escuchando buena música. Los domingos, Siempre en Domingo con Raúl Velasco era la marquesina donde Piero aparecía. Era cita infaltable. La educación que Televisa nos recetaba como por mandato presidencial siempre funcionó, y ahí, en esa vitrina, los artistas se volvían parte de la casa. No es queja. Así fue. Pero hay un vaso comunicante muy impresionante: cuando escucho a Piero, lo recuerdo a él. A mi hermano Orfanel, que un día se metió a una estación de tren en Nueva York y ya no regresó jamás.

Mi hermano falleció. Y su música quedó.

Ese es el punto de entrada. No la radio de mi mamá, no la cocina, no el taller. Mi hermano Orfanel. El que me dejó a Piero como herencia. Y ahora que Piero se muere, también se muere un poco esa voz que me recordaba a él.

Y no estoy hablando de un gusto culposo. No hay culpa en ninguna de las canciones que menciono. Con el tiempo, cuando ya conocí más a fondo la discografía de Piero, cuando me volví fan de verdad, descubrí que sus canciones más hondas no son las que todo el mundo corea. Son otras. Llegando, llegaste, esa canción de un adolescente fugado de clases que espera en la calle a la chica de sus sueños, que la mira de frente, que le pone un nombre, que se anima y la besa.

Fumemos un cigarrillo, esa invitación a detenerse, a conversar, a recordar que la vida no pasa en vano. Yo vengo, ese relato de los orígenes humildes, del barrio chico, de la calle angosta. Tengo la piel cansada de la tarde, ese poema sobre la pena, sobre el amor herido, sobre buscar sin encontrar. Cada pescador pesca su pescado, ese retrato de los hombres que miran viejos el silencio y tienen los ojos cansados de mirar. Esas son las canciones que me atraviesan. Esas no tienen nada de culposo. Tienen todo de verdad.

Piero Antonio Franco De Benedictis murió el miércoles 7 de octubre de 2026, a los 81 años, en el Hospital Italiano de Buenos Aires. Había nacido el 19 de abril de 1945 en Galípoli, Italia, y llegó a Argentina a los tres años. Creció en Allen, Río Negro, donde su padre Lino reparaba radios y vendía tocadiscos.

Piero vivió años en Colobia y obtuvo la ciudadanía de ese país. (Foto: Archivo)

Ingresó al seminario en Viedma y Villa Devoto, donde conoció a los curas tercermundistas Alejandro Mayol, Eliseo Morales y Carlos Mugica. Abandonó la formación sacerdotal en 1963. Debutó en televisión el 6 de enero de 1964 en Remates Musicales, conducido por Roberto Galán. Antes de ser famoso, vivía de vender clergyman, los cuellos blancos para sacerdotes.

La canción que lo cambió todo no era suya. No era sobre su padre. Y ese es el primer dato que desarma el lugar común.

José Tcherkaski escribió la letra de “Mi viejo” sobre su propio padre, Mario, un inmigrante ruso de origen judío que murió cuando José tenía 14 años. El padre de Piero, Lino, estaba vivo y tenía 48 cuando la canción estalló.

Piero corrió a cantársela. Lino lloró al escucharla y, tras un silencio, le respondió en un castellano teñido de italiano: “Ma, ¿quién camina lento? La que te parió”. Ahí está la verdad de la canción. No es una carta al padre de Piero. Es el duelo de Tcherkaski, la música de Piero, la voz de Piero, la necesidad de todos los hijos de decirle algo a sus viejos antes de que se vayan.

La dupla había recorrido sellos con un grabador Geloso. Recibieron muchos rechazos. Hasta que un directivo de CBS-Sony vio una oportunidad para lanzarla el Día del Padre de 1969. Vendió más de 600,000 copias. Luego acumuló más de 500 versiones, en italiano, en chorote, en la voz de Vicente Fernández, Lucho Gatica, Leo Dan. Sonó en 35 países. Llegó a Los Simpson. Llegó a la serie de Maradona.

Piero no fue solo “Mi viejo”. Fue también el hombre de Para el pueblo lo que es del pueblo, de Pedro Nadie, de Coplas de mi país, de Que se vayan ellos. Fue la voz de la canción social y de protesta. En 1970 ganó el Festival Internacional da Canção de Río de Janeiro con “Pedro Nadie”, el primer argentino en lograrlo.

La canción retrata a un campesino anónimo, un campesino de campo ajeno. Cuando subieron al estrado, un policía carioca apartó a Tcherkaski porque, vestido con pantalón y camisa simples, lo creyó un curioso: “¿Con esa vestimenta? ¡No diga barbaridades!”. Ese mismo año ganó también el Festival de Split, en Yugoslavia. Piero definía su música no como canción de protesta sino como música popular testimonial: a la música popular hay que incorporarle la preocupación del hombre de hoy.

Y ahí está el desvío que lo vuelve único. Sandro, Leo Dan, Julio Iglesias y Piero forman la estirpe de los cantores del amor y la familia en los años sesenta y setenta. Compartieron la época dorada de la balada, la televisión en blanco y negro, los festivales de la canción. Pero Piero se salió del molde. Se convirtió en trovador testimonial, en exiliado, en agricultor orgánico, en discípulo espiritual. Él mismo lo resumió: “Creo que si hay un tipo que boicoteó su carrera, ese fui yo”.

El precio de cantar lo que incomodaba llegó en 1976. Su nombre apareció en una lista de la policía federal. Quemaron las matrices de todos sus discos. Salió al exilio. Vivió en Italia, en España, en Colombia.

En España compró un molino abandonado en Utande, provincia de Guadalajara, y vivió casi cuatro años sin tocar la guitarra ni componer, dedicado a cultivar la tierra y a una huerta orgánica, junto al periodista colombiano Daniel Samper Pizano.

Su hijo Juan, de tres años, fue enviado a España a vivir con él durante casi un año. De paso por Madrid tradujo canciones italianas para el disco ¿Y mi gente dónde va?, que se editaría en Argentina a su regreso. Después se radicó en Bogotá, donde cuidaba la casa del arquitecto Simón Vélez.

En 1994, siendo presidente Ernesto Samper Pizano —hermano de su amigo Daniel—, recibió la ciudadanía colombiana y fue nombrado Embajador de Paz. La huerta del exilio fue la semilla de su proyecto posterior: granjas orgánicas educativas para niños en riesgo social en varios países sudamericanos, a través de su Fundación Buenas Ondas.

De ese exilio madrileño nació “Soy pan, soy paz, soy más”, con letra del poeta y maestro rural uruguayo Luis Ramón Igarzábal. Un día Piero llegó a la casa donde vivía Mercedes Sosa con una canción nueva. Ella la grabó en un walkman. A la mañana siguiente, el guitarrista Omar Espinosa hizo el arreglo y la estrenaron en la Universidad de Madrid. En vivo cambiaban la letra según la ciudad. Salió en Calor humano (1981), disco del regreso, y se volvió himno de la democracia recuperada.

También hubo rarezas que ningún obituario estándar cuenta. Piero fue íntimo amigo de Indra Devi, la célebre maestra de yoga letona, amiga de Gandhi y Krishnamurti. Se llamaban papito e hijita porque una vidente les dijo que habían sido padre e hija en el antiguo Egipto, él escriba de jeroglíficos. Años después, una segunda vidente, postrada y sin conexión con la primera, les contó exactamente la misma historia.

Las cenizas de Indra Devi descansan bajo los eucaliptos en la casa de campo de Piero, donde ella tenía su habitación y su oficina. Y hubo otro gesto insólito: en 1975, sintiendo que la dictadura venía por él, grabó La Sinfonía Inconclusa en la Mar, un disco infantil con el ex cura Alejandro Mayol. Fue su disco más vendido. “Gracias a que los milicos lo prohibieron fue mi disco más vendido”, bromeó. Treinta y cinco años después, en 2011, fue nominado al Grammy Latino como mejor álbum de música latina para niños.

Hay una razón material por la que Piero está en tantas casas mexicanas. Sus discos de vinilo se conseguían en los tianguis a 40, 50 pesos. Todavía se consiguen.

Mientras un disco de rock en inglés era una inversión, un LP de Piero era un gasto de bolsillo. Eso hizo que su música entrara a las casas sin pedir permiso, que pasara de generación en generación, que los papás se los dejaran a los hijos y los hijos a los nietos. Las nuevas generaciones siguen escuchando a Piero porque sus discos nunca dejaron de circular. No hubo una campaña de marketing. Hubo un tianguis. Y el tianguis hizo el trabajo que ninguna disquera supo hacer.

En Argentina les dicen viejos a los papás, a los abuelos. No es un insulto. Es un título. Es un reconocimiento. Viejo, mi querido viejo. Y Piero se ganó ese título. No solo por la canción. Por la vida. Por las veces que se cayó y se levantó. Por la coherencia que su hija Fiorella admiraba: “En una época de mucho rock y de mucho power, papá mostró su costado más vulnerable al decir aguante la paz, aguante el amor”.

Mi hermano Orfanel. Mi viejo. Los dos hombres que me dejaron a Piero. Uno se metió a una estación de tren en Nueva York y ya no regresó jamás. El otro se fue antes de que yo pudiera decirle todo lo que tenía que decirle. Y cada vez que suena “Mi viejo”, los veo a los dos. Veo a Orfanel regresando de Chilpancingo con sus cassettes bajo el brazo. Veo a mi papá en el taller, entre los cocoteros, con su figura pesada.

Y escucho la letra de Tcherkaski como si la hubieran escrito para mí. Yo soy tu sangre, mi viejo. Soy tu silencio y tu tiempo. Eso es lo que somos los hijos. La sangre, el silencio, el tiempo de nuestros viejos. Y a veces no lo entendemos hasta que ya es demasiado tarde.

Ahora que Piero ya no está, queda la música. Queda esa voz que se metía en las casas sin pedir permiso. Queda “Mi viejo” cantada en cada cumpleaños, en cada funeral, en cada camión de carga. Queda Llegando, llegaste, esa canción de amor adolescente que todavía me hace sonreír. Queda Soy pan, soy paz, soy más, que Mercedes Sosa convirtió en himno.

Queda Sinfonía inconclusa en la mar, ese disco infantil que acercó su música a nuevas generaciones. Queda Fumemos un cigarrillo, esa invitación a detenerse antes de que todo se acabe. Queda Yo vengo, ese relato de los orígenes que sonó en un desfile de Saint Laurent bajo la Torre Eiffel días antes de su muerte. Queda Tengo la piel cansada de la tarde, ese poema sobre la pena y el amor herido. Queda Cada pescador pesca su pescado, ese retrato de los hombres que miran el silencio con los ojos cansados. Y queda, en mí, la certeza de que hay canciones que no elegimos. Se meten en la casa, se sientan a la mesa, se quedan. Como esos cassettes que Orfanel traía de Chilpancingo, como esa música que sonaba los domingos en Siempre en Domingo, como esa voz que me recuerda a los dos hombres que me hicieron quien soy.

Piero ya no está. Pero su voz sigue. Y Orfanel también, en cada acorde. Y mi viejo también. Los tres se fueron, pero no del todo. Se quedaron en la música. En esa música que no consuela, que solo acompaña. Que es lo único que podemos pedirle a una canción cuando se muere un viejo.

Que en paz descanse, Piero. Que en paz descanse Orfanel. Y que en paz descanse mi viejo. Los tres, juntos, en esa canción que nunca se termina de cantar.

Ficha técnica

Artista: Piero (Piero Antonio Franco De Benedictis)

Nacimiento: 19 de abril de 1945, Galípoli, Italia

Fallecimiento: 7 de octubre de 2026, Buenos Aires, Argentina

Género: Canción testimonial, balada, canción social, música popular latinoamericana

Álbumes destacados: Mi viejo (1969), Pedro Nadie (1970), Para el pueblo lo que es del pueblo (1973), La Sinfonía Inconclusa en la Mar (1975), Calor humano (1981), Cachuso Rantifuso (1991), Santiago en llamas (2019)

Colaboradores: José Tcherkaski (letrista), Alejandro Mayol, Mercedes Sosa, León Gieco, Víctor Heredia, Lito Vitale, Fito Páez, Los Ramírez

Premios: Premio Konex 1985, Grammy Latino a la Excelencia Musical 2016, nominación al Grammy Latino 2011

Legado: Más de 500 versiones de “Mi viejo”, más de 600,000 copias vendidas, 35 países, 4,000 conciertos, Fundación Buenas Ondas